El viejo capo estaba que la espichaba de un momento a otro; como su en tiempos rival Al Capone, tenía una sífilis galopante (esto afecta al cerebro, y mucho). Había sido yo el que tuvo la idea de tomarle la grabación a modo de muestra, como si hubiera sido una prueba más de las que le habían hecho padecer en el hospital del Condado.

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Estaba lejos del mar, en un destino en tierra en una ciudad del Sur, ya durante mucho tiempo, puede que un tiempo excesivo en el que le embargaba la nostalgia de lo salobre. Para compensar esa distancia que había entre él y una de las cosas que más amaba en la vida era su imaginación la que volaba sin cesar hacia ella, hacia la mar, como a su madre.

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Micro-crónica del secuestro de Ramsés

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Le habían despedido del trabajo después de casi treinta años de dejarse allí la piel. Le dieron una miseria de indemnización igual que de paga o pensión. Estaba en los 50. Su mujer se acababa de divorciar de él y en el proceso se había barajado la posible concurrencia de malos tratos por su parte hacia ella, aunque nada se demostró porque no era cierta más que la mala racha que llevaba.

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Arturo Pagán hace el turno de noche en una fábrica. Vuelve a su casa a las seis de la mañana, justo a tiempo para despertar a su mujer, Carmen, que apura en la cama unos instantes de sueño hasta que oye el café salir y se pone corriendo su bata y se ordena con las manos el pelo.

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Fue el gilipollas de tu marido -político de profesión- el que te lo dijo: “Nena estás cogiendo algunos ‘kilicos’. No vendría mal que aligeraras un poco”. Pero sometida a la prueba del espejo tú te veías igual, y sobre todo el inapelable dictamen de la báscula de precisión que tenéis en el cuarto de baño sentenciaba que tu peso iba siendo incluso menor o había descendido en esta última temporada, unos meses que él llevaba de ‘pre-campaña’.

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Me miró de soslayo, torvo, enarcando la ceja y la órbita de su ojo derecho hasta hacerlo sobresalir por encima de aquellas gafas cuadriculadas. Acentuaba este gesto una cara y cabeza picassianas, como un trapecio invertido. Posaba su mirada en mí de este modo cuando quería reprenderme. Sin embargo, esos ojos diminutos y enfoscados, sin color definido, pertenecían a un ser patético. Quería mostrar enfado, eso estaba claro; un enfado de tipo paternalista, todavía más indignante para mí. En cambio, el resultado no dejaba de ser esperpéntico. Eso hubiera resultado genial de haberlo pretendido, y más en su caso. Pero no era así. Estaba dejando bien a las claras que algo escondía. Mantuvo el gesto torcido unos instantes más. Yo permanecía sentado en el sillón giratorio y por encima de él, que seguía de pie, miraba la chica del almanaque. Era la de la portada del «Play Boy» del mes de noviembre de dos años atrás por lo menos: nadie se había molestado en actualizarlo…

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Ilustración por Jesús Manuel García*. Todos los derechos reservados.

Para Pedro José

Nos habíamos quedado en los rollicos bendecidos que compraban y nos daban nuestras madres y la abuela cuando ella aún tenía recuerdos… Y por las Fiestas del Santo Patrón del Barrio, que no eran ahora.

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La abuela hace una pausa, balanceándose en la mecedora, cuando le viene a la memoria el recuerdo del abuelo al que yo no conocí, y que me han contado que hizo un montón de cosas en la vida, que fue minero, maderero y pastor trashumante en lejanas tierras, hasta que pudo comprar esta casa y el huerto de al lado y venirse aquí a vivir, al Valle, con la abuela y tener tantos hijos que son mis tíos aunque algunos ya murieron, y, me dice la abuela, están con él en el Cielo.

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