Vivir es un acto de fe, de confianza en que mañana amanecerá un nuevo y, a ser posible, espléndido día en toda esa plenitud vital de las «Hojas de Hierba» de Whalt Whitman: todos los hombres y las mujeres serán mis hermanos.
En cambio, la enfermedad, aun en su preludio, es presagio de mala muerte, llegue o no a consumarse la extinción de la vida o la cosa quede en una mala avenencia con el propio cuerpo superable si se tiene la suerte de contar con el oportuno tratamiento.
El cuerpo social no está exento de experimentar estas situaciones: La alegría de vivir que ineludiblemente requiere paz. O la patología que es la guerra, el conflicto social, desatado por la maldad. Y aunque lo haya expresado en este orden, cuantitativamente prevalece la violencia, la destrucción, la muerte que aparejan las guerras frente a una paz cada vez más debilitada. O esta es la perspectiva más plausible —diría que única— desde la que mirar el pernicioso fenómeno.








