Arturo Pagán hace el turno de noche en una fábrica. Vuelve a su casa a las seis de la mañana, justo a tiempo para despertar a su mujer, Carmen, que apura en la cama unos instantes de sueño hasta que oye el café salir y se pone corriendo su bata y se ordena con las manos el pelo.

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Fue el gilipollas de tu marido -político de profesión- el que te lo dijo: “Nena estás cogiendo algunos ‘kilicos’. No vendría mal que aligeraras un poco”. Pero sometida a la prueba del espejo tú te veías igual, y sobre todo el inapelable dictamen de la báscula de precisión que tenéis en el cuarto de baño sentenciaba que tu peso iba siendo incluso menor o había descendido en esta última temporada, unos meses que él llevaba de ‘pre-campaña’.

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Me miró de soslayo, torvo, enarcando la ceja y la órbita de su ojo derecho hasta hacerlo sobresalir por encima de aquellas gafas cuadriculadas. Acentuaba este gesto una cara y cabeza picassianas, como un trapecio invertido. Posaba su mirada en mí de este modo cuando quería reprenderme. Sin embargo, esos ojos diminutos y enfoscados, sin color definido, pertenecían a un ser patético. Quería mostrar enfado, eso estaba claro; un enfado de tipo paternalista, todavía más indignante para mí. En cambio, el resultado no dejaba de ser esperpéntico. Eso hubiera resultado genial de haberlo pretendido, y más en su caso. Pero no era así. Estaba dejando bien a las claras que algo escondía. Mantuvo el gesto torcido unos instantes más. Yo permanecía sentado en el sillón giratorio y por encima de él, que seguía de pie, miraba la chica del almanaque. Era la de la portada del «Play Boy» del mes de noviembre de dos años atrás por lo menos: nadie se había molestado en actualizarlo…

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Ilustración por Jesús Manuel García*. Todos los derechos reservados.

Para Pedro José

Nos habíamos quedado en los rollicos bendecidos que compraban y nos daban nuestras madres y la abuela cuando ella aún tenía recuerdos… Y por las Fiestas del Santo Patrón del Barrio, que no eran ahora.

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La abuela hace una pausa, balanceándose en la mecedora, cuando le viene a la memoria el recuerdo del abuelo al que yo no conocí, y que me han contado que hizo un montón de cosas en la vida, que fue minero, maderero y pastor trashumante en lejanas tierras, hasta que pudo comprar esta casa y el huerto de al lado y venirse aquí a vivir, al Valle, con la abuela y tener tantos hijos que son mis tíos aunque algunos ya murieron, y, me dice la abuela, están con él en el Cielo.

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Mi abuela siempre me cuenta historias de bandidos que al principio son muy malos y crueles pero que luego se convierten en buenos y acaban casándose con esa muchacha del pueblo a la que al principio habían secuestrado, en gracia de Dios y si mueren van al cielo. Eso me dice.

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A mi abuela, que por su enfermedad,

nunca pudo contarme esta historia.

Entra mi madre y me dice que ordene la habitación. Yo soy un desastre, la verdad, y siempre dejo todas las cosas tiradas por el cuarto: la ropa que me quité anoche, los libros del cole y mis juguetes preferidos. Me gustan más los juguetes medio rotos, con ellos me divierto más inventando nuevos cacharros, mezclando los pedazos de unos y otros, como ese coche teledirigido que he desarmado y en el que he montado al cocinero mecánico: ahora parece un coche lunar y el cocinero un astronauta.

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Estuve solo hasta que llegó el compañero del octavo reemplazo. De éste y del mío, el sexto del año, seleccionaban al traductor que era como una especie de ‘espía de tercera’. Trabajábamos bajo la más estricta reserva y a las órdenes de un comandante diplomado de Estado Mayor.

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Con el inicio del otoño llegó la temida jubilación. No es que le gustase el trabajo, todo lo contrario, cada vez era más tedioso. Pero ir todos los días a la oficina suponía tener algo que hacer. Poco después murió su mujer. Recordaba en ese momento los versos de Benedetti que tantos años atrás le susurrase: “Mi táctica es mirarte/ aprender como sos/ quererte como sos…”

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La mujer del hombre de la oficina, el que primero se había fijado en la amante verde y el viejo, hacía ya varios meses que no salía de casa: estaba enferma. Pero no era ése el motivo por el que él hacía la compra; de siempre le había gustado hacerla él.  Después de salir de la oficina, la tarde del mismo primer día en que la viera, como todos los días, fue a la frutería de su barrio, la frutería de Benito, aunque ya no hubiera Benito alguno en ella.

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