UN AFEITADO APURADO
Le habían despedido del trabajo después de casi treinta años de dejarse allí la piel. Le dieron una miseria de indemnización igual que de paga o pensión. Estaba en los 50. Su mujer se acababa de divorciar de él y en el proceso se había barajado la posible concurrencia de malos tratos por su parte hacia ella, aunque nada se demostró porque no era cierta más que la mala racha que llevaba.
Se estaba afeitando con su navaja alemana marca Boker de seis octavos y punta española, de ese diseño que le permite llegar a todos los recovecos de su angulosa barba, como venía haciendo toda su vida, bien afilada además. Cuando llegó a la altura de la nuez, cambió el sentido y la intensidad del afeitado, pero no llegó a la altura de la oreja derecha. No pudo soportar aquella visión en el espejo que apagó el chorro de sangre que salió de su garganta. Su madre era del Campo y allí se saben muchos dichos. “El que se pasa mucho tiempo mirándose al espejo termina viendo al Diablo.” Pero, con el último aliento de vida en la retina de los ojos de aquel desgraciado hombre, la que había quedado grabada era la imagen de la cara de su mujer. La quería, la quiso mucho, pero ya no había solución: el Demonio se había adelantado.
Aniceto Valverde










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