Mi abuela siempre me cuenta historias de bandidos que al principio son muy malos y crueles pero que luego se convierten en buenos y acaban casándose con esa muchacha del pueblo a la que al principio habían secuestrado, en gracia de Dios y si mueren van al cielo. Eso me dice.
A mi abuela, que por su enfermedad,
nunca pudo contarme esta historia.
Entra mi madre y me dice que ordene la habitación. Yo soy un desastre, la verdad, y siempre dejo todas las cosas tiradas por el cuarto: la ropa que me quité anoche, los libros del cole y mis juguetes preferidos. Me gustan más los juguetes medio rotos, con ellos me divierto más inventando nuevos cacharros, mezclando los pedazos de unos y otros, como ese coche teledirigido que he desarmado y en el que he montado al cocinero mecánico: ahora parece un coche lunar y el cocinero un astronauta.
Estuve solo hasta que llegó el compañero del octavo reemplazo. De éste y del mío, el sexto del año, seleccionaban al traductor que era como una especie de ‘espía de tercera’. Trabajábamos bajo la más estricta reserva y a las órdenes de un comandante diplomado de Estado Mayor.
Con el inicio del otoño llegó la temida jubilación. No es que le gustase el trabajo, todo lo contrario, cada vez era más tedioso. Pero ir todos los días a la oficina suponía tener algo que hacer. Poco después murió su mujer. Recordaba en ese momento los versos de Benedetti que tantos años atrás le susurrase: “Mi táctica es mirarte/ aprender como sos/ quererte como sos…”
La mujer del hombre de la oficina, el que primero se había fijado en la amante verde y el viejo, hacía ya varios meses que no salía de casa: estaba enferma. Pero no era ése el motivo por el que él hacía la compra; de siempre le había gustado hacerla él. Después de salir de la oficina, la tarde del mismo primer día en que la viera, como todos los días, fue a la frutería de su barrio, la frutería de Benito, aunque ya no hubiera Benito alguno en ella.
Recuerda que era un día en el que la primavera ya asomaba sus verdores, aun cuando en la ciudad fuera cada vez más escasa la vegetación. Lo sabe porque el sol ya entraba por el gran ventanal de la cafetería “Amazonía” y era la misma hora a la que acudía junto a sus compañeros, como casi todos los del año, a hacer la parada del trabajo en la oficina para el desayuno (o un croissant si era por la tarde). Y aquélla era la cafetería de la zona donde más crujientes ponían las tostadas y mejor el aceite de su aliño; sin olvidar el hecho de que, con la misma certidumbre, acudían diariamente las muchachas empleadas de la Biblioteca municipal. En sus vestidos, libres por un rato de la aséptica bata blanca, se palpaba igual e imaginariamente esa incipiente primavera, más espléndida si cabe tras un invierno duro en sus rigores que a él le había hecho caer en cama en varias ocasiones y forzado, las más, a ir al trabajo al borde de la sobredosis de antigripales. Su salud ya no era la que había sido.
No era infrecuente que le enviaran mensajes como aquel desde allá los tiempos modernos con el encargo de actuaciones que, en realidad, podían considerarse ‘de toda la vida’. Eso, al menos en cuanto al fondo de la controversia en la que querían que interviniera; no así en la forma de llevar a cabo ‘las misiones’, pues el modus operandi había cambiado mucho de apariencia que no de presión (e incluso amenaza) al pobre que se viera en la lamentable situación de no poder responder a sus obligaciones. Lo que no sabemos es si al caballero le sacaban del Medievo, ya finalizadas las Cruzadas, o si, viviendo en la edad Contemporánea, alguna perturbación le aquejara de tal forma que caballero andante se creyera.
El teniente coronel del Cuerpo Jurídico de la Armada Roberto Martínez, a sus cincuenta y cinco años, llevaba ya mucho tiempo en la reserva. El Servicio Militar había dejado de ser obligatorio y otras reformas en las leyes militares como la de 1987, habían disminuido notablemente las necesidades de este personal. Si el Sr. Martínez se encontraba en ese Cuerpo lo era por el empecinamiento que había puesto su padre, honroso antecesor en el mismo, porque a él -al teniente coronel Roberto hijo- le hubiera gustado más un destino en la mar que le ayudara a profundizar en sus conocimiento y gusto por la matemática y física aplicadas a los fenómenos meteorológicos y a la astronomía. El pase a la reserva le había dado una segunda oportunidad en la vida para su desarrollo personal en esos campos si bien sus ‘avances’ le producían cada vez más zozobra.
