¿POR QUÉ LAS MECEDORAS TIENEN BRAZOS? (y 3)
La abuela hace una pausa, balanceándose en la mecedora, cuando le viene a la memoria el recuerdo del abuelo al que yo no conocí, y que me han contado que hizo un montón de cosas en la vida, que fue minero, maderero y pastor trashumante en lejanas tierras, hasta que pudo comprar esta casa y el huerto de al lado y venirse aquí a vivir, al Valle, con la abuela y tener tantos hijos que son mis tíos aunque algunos ya murieron, y, me dice la abuela, están con él en el Cielo.
«Bueno pues ese lobo, sigue mi abuela, una noche entró en las tierras del señor del Orgaz, que era como si fuera una especie de rey de tanto que mandaba, matando despiadadamente diez de sus cabezas de ganado. Y como fue que así ese señor no pudo llevar al mercado de Brandeso sus reses para venderlas dijo que daría una recompensa de diez mil reales al cazador que le trajera la piel de aquel lobo».
Yo no sé muy bien cuánto dinero son diez mil reales, pero imagino que debía ser mucho por el énfasis que pone la abuela al decirla, y muchas veces añade eso de ‘reales de los de entonces, rapaz’, por lo que yo creo que eso debe ser más que mi paga de todo el año.
Y luego, al final de la historia, me cuenta que no era lobo ni nada sino el espíritu de un niño que merodeaba sin descanso por las noches en aquel lugar, aquellos caseríos que ella decía estaban cerca de Santa Vera. El espíritu de un niño perdido en el bosque porque había sido malo y, desobedeciendo a su madre, se había alejado demasiado de su casa, y que a mí me pasaría lo mismo si me portaba mal. Pero también ese espíritu de niño, que había sido malo, acababa bien y volvía a la vida, volvía a ser niño otra vez de verdad porque su madre, una muchacha a la que mi abuela había conocido en su aldea pues jugaron juntas de niñas, le encontraba y le perdonaba diciendo unas palabras mágicas que le había enseñado una vieja ‘dueña’ del lugar. Y que eso era lo único que en realidad buscaba el aparecido lobo-niño en las desapacibles noches del invierno de Santa Vera vagando por ahí por el bosque como un alma en pena y aullando como si de verdad hubiera sido sólo lobo. Y ya nadie tenía que cazarlo, y en realidad no había sido él el que se había comido a las vacas, ni los corderos, ni a las ovejas en el tiempo que anduvo descarriado pese a que el hechizo le había dotoado de gran fuerza. Y en lo sucesivo sería bueno y crecería y se haría un hombre de provecho como sin duda yo llegaría a ser también.
Mi abuela me pregunta: «¿Rapaziño, tú supiste alguna vez por qué a las mecedoras los carpinteros les pusieron brazos y estas patas curvas para mecer?»
Y yo, como si no supiera lo que me va a decir, siempre respondo que no, que no lo sé, abuela, cuando tengo claro que todos necesitamos que nos arrullen incluso desde que nacemos y que por eso nos mecen en nuestras cunas y que, sin ir más lejos, el abuelo sabía hacerlas perfectas para el vaivén o balanceo que, en el fondo, es como el péndulo que marca el paso del tiempo en el reloj al que, de forma invariable, el abuelo da cuerda todas las noches no se vaya a detener el tiempo en momento de desamor o una desgracia que se quede muchos años, tantos como dicen que dura la mala suerte cuando se rompe un espejo.
Pero la abuela va por su lado, y siempre dice:
«Pues muy sencillo, rapaz, muy sencillo, para que las abuelas les puedan contar cuentos a los chiquillos. ¿Cómo si no iban a salir los cuentos sin mecerse?» Y tiene razón. Hay mucho amor en sus palabras y la fórmula de la sabiduría de la vejez, que al mismo tiempo también, es una vuelta a la sencillez y ternura de la infancia.
Y me manda a la cocina para que mami Juana, la tía soltera, me dé un tazón de chocolate para merendar mientras ella sigue sobre el continuo vaivén de la mecedora y sus recuerdos, de donde salen los cuentos que me cuenta.
La gente en la casa empieza a levantarse de la siesta. Y los duendes y los trasgos y demás criaturas desaparecen seguramente en el interior del bosque de su mente.
FIN
Aniceto Valverde Conesa




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