¿POR QUÉ LAS MECEDORAS TIENEN BRAZOS?

A mi abuela, que por su enfermedad,

nunca pudo contarme esta historia.

Entra mi madre y me dice que ordene la habitación. Yo soy un desastre, la verdad, y siempre dejo todas las cosas tiradas por el cuarto: la ropa que me quité anoche, los libros del cole y mis juguetes preferidos. Me gustan más los juguetes medio rotos, con ellos me divierto más inventando nuevos cacharros, mezclando los pedazos de unos y otros, como ese coche teledirigido que he desarmado y en el que he montado al cocinero mecánico: ahora parece un coche lunar y el cocinero un astronauta.

Mi madre me ha dicho que ordene la habitación y que me vista con la ropa que ha dejado en la silla. Casi todos los domingos, como hoy, vamos a ver a la abuela. Me gusta mucho ir a casa de la abuela: hay tantos trastos allí que me divierto mucho jugando con ellos. Tiene una habitación llena de cosas fantásticas: los relojes que se le fueron rompiendo y parando en esos momentos de la vida, unos tristes y otros alegres; los pasquines de las primeras películas que pusieron en el pueblo; cajas llenas de esas  ropas tan graciosas que se usaban antes,  y otras muchas cosas así como las fotos de mi tío el que estuvo en la guerra del Sid Ifni, y otras muchas del resto de la familia, ya amarillentas de lo viejas que son, todas metidas en cajas metálicas que antes contuvieron galletas pues eso pone en sus tapas en letras como chinas. Todos piensan que yo me parezco a ella en lo de ir guardando lo que encuentro por ahí. Eso dice mi padre cuando se enfada conmigo porque tengo los bolsillos llenos de las piedras que he cogido por el camino del colegio. Pero yo creo que son unas piedras muy bonitas. El otro día también me traje un escarabajo que encontré y metí en una caja grande de cerillas. Entonces fue mi madre la que se dio un buen susto cuando salía del bolsillo de mi pantalón, que ella se llevaba para lavarlo. No sé cómo pudo escaparse.

Me gusta mucho la casa de la abuela. Tiene un patio en el que antes había un pequeño corral con animales como conejos y gallinas, a las que ella les daba de comer diciendo: “Pitas, pitas, pitas…”, mientras les echaba las sopas de pan mojado en leche que sobraban de los desayunos.  Ella, que es gallega, me llama rapaz en vez de chaval, o nene, o niño, como dicen en otros sitios. Siempre está sentada en su mecedora al lado de la ventana para que le alcance el sol en las piernas tan hinchadas que tiene. Dice que eso es bueno para la artrosis. “Muchos años ya, rapaciño”, me dice, y siempre añade: “¿Qué, ya aprendiste la Cartilla?”. Porque ella habla siempre en esa mezcla de palabras de aquí y de allá, de Santa Vera, su pueblo, y de aquí, del Valle, y le interesa mucho saber si yo ya aprendí a leer pues ella nunca supo, aunque lo que es hablar mi abuela habla muy bien. Y yo, cada vez que voy a verla le tengo que contestar lo mismo: “Sí, abuela, sí, que yo ya soy mayor”. Entonces el gato blanco y negro de la abuela se le sube al regazo. El muy listo sabe que ella comenzará de inmediato acariciarle el lomo y a mecerse y a él con ella ronroneando en ese cariñoso vaivén.

 

(Continuará mañana)

 

Aniceto Valverde

 

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