MARIPOSAS EN ACEITE
Para la Avv de La Manchica, Para Sara y Miguel, Y para Antonio Bernal
Muchos años antes de que vinieras a La Manchica, cuando ni siquiera los hombres y mujeres de La Mancha la fundaran, conociste a la abuela Dolores. Ella vivía en Las Lomas y sabía muchas historias de santos, de duendes y otros seres sobrenaturales.
Muchas veces tus padres te dejaban a dormir en la enorme casa de la abuela Dolores. Y tú no podías dejar de sentir sobrecogimiento ante la visión de ciertas cosas y también de lo que te contaba que, aún hoy día, te causa escalofríos.
La historia del niño resucitado por el aliento divino anidado en una persona escogida por su bondad. Otro que fue devorado por un lobo y se salvó milagrosamente; los niños siempre se salvaban en los cuentos de la abuela Dolores gracias a personas santas que tanto ponían cuidados físicos como eran capaces de conjurar el mal de ojo echado sobre la criatura o su familia por rencillas o envidias fútiles. Y luego esos santos ya no se dejaban ver más. Sí, a los niños siempre los salva su inocencia, esa es la realidad. No así aquel pastor que fue hallado muerto en el vientre oscuro y frío de un pozo una noche de luna llena, gracias al aullido lastimero de su perro; los perros siempre ladraban de esa forma y su pena reverberaba en la oquedad de las ramblas cuando ocurrían hechos así, descuidando los ganados que quedaban, en los cuentos, a merced de esos lobos que nunca viste en el Campo de Cartagena.
Seguramente fuera por eso que la abuela Dolores tenía en su enorme y desangelada cocina de piedra un rincón con un gran cuenco de mariposas en aceite: una velica por cada uno de sus difuntos en esa lamparica. Y con ellos se comunicaba a su través. A ti te daba un miedo pavoroso de solo pensar que, como ella afirmaba: “Están por aquí, no notas su presencia, zagalico.” Pero hay un hecho cierto. La llama de la vela es materia y energía, es luz pura. Y no se crea ni se destruye, solo se transforma. Quien ha hecho el bien durante su vida terrenal ha acumulado un montón de energía. Cuando ya no está entre nosotros esa persona la sigue conservando de forma infinita si bien su sustancia se puede haber alterado, y la irradia y ampara a los que seguimos por aquí. En eso, a su modo, debía creer la abuela. O como se dice en el Evangelio de San Juan: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida».
Nota: Este relato no es el que ha obtenido el Segundo Premio del II Certamen de Relato Corto 2025 organizado por la Avv de La Manchica, puesto que la propiedad de ese ha pasado a la citada entidad. El presente es un modesto boceto cortado con el mismo patrón, eso sí, que quiero dedicarles en agradecimiento y, en cierto modo, disculpa. Muchas gracias.
Aniceto Valverde Conesa



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