MARINERO EN LETRAS

Su voz susurraba en nuestros oídos los muchos cuentos e historias que había aprendido en las Adoratrices y en el colegio de San Miguel.

A nuestra madre, unos chiquillos inquietos o hiperactivos como nosotros, le hacíamos interminables e insoportables las siestas del verano en la playa. Hasta que dio con ese remedio. Lo hacía tan bien que nosotros quedábamos embobados, tranquilamente escuchando su voz que, desde entonces, me ha musitado las historias que yo he contando a lo largo del tiempo.

Poco a poco fuimos leyendo cada uno lo que nos interesó, descargando en parte a nuestra madre, cuyas historias, no obstante, queríamos seguir oyendo de sus labios.

Pronto cayeron en mis manos no sólo los tebeos del Capitán Trueno y el Jabato, sino también una colección que me compró mi padre sobre el Rey Ricardo Corazón de León y las andanzas de su paladín Ivanhoe. Y yo soñaba con la princesa Sigrid de la mítica isla de Thule: era mi novia puesto que yo me creía el Capitán, y algún día me casaría con ella como, en el plano de la realidad, lo haría con Merche, esa chiquilla que andaba siempre con nosotros por la playa y los cañaverales como un crío más y con la que no solo yo soñaba, sino todos los demás zagales de la pandilla. Unos años después de aquellos veranos apareció un pijoaparte  mayor que nosotros, con camisa estampada de marcas de tabaco y neumáticos y nos la arrebató, ya no volvió más a los futbolines de la Sra. Paca ni a nuestra cabaña, y se sentaba con él en lo oscuro del cine de verano.  Cómo jode eso aunque sea ley de vida.

Volviendo a la realidad de la ficción, tras aquellos tebeos y libros, vinieron las historias ilustradas de la editorial Bruguera: las de “Karl May”; Robert Louis Stevenson; y, muy especialmente, aunque entre otros muchos, las de Jules Verne. Quiero resaltar las “Veinte mil leguas de viaje submarino” porque nosotros buceábamos en el Mar Menor con máscaras y un tubo de respiración que llegó a incorporar una válvula para evitar la entrada de agua en él ¡todo un adelanto!, y yo soñaba, soñaba como cuando iba a ayudar a mi padre a recoger el agua potable que traía y repartía el aguador (aún no había agua corriente) en un bidón unido a una máquina de las que llaman dumper o volquete, pensaba: “Agua para las reservas del Nautilus”, puesto que yo era un tripulante más del navío submarino, que no sé si hubiera cabido en las poco profundas aguas de la Laguna salada. Pero para mí, en aquel entonces, era una realidad incuestionable. Tanto como que tenía su base en la Isla del Barón, la mayor del Mar Menor. Y su torre era el respiradero de la ciudad sumergida. Este secreto no lo conocía nadie más que yo y mi íntimo amigo el Santi.

Años más tarde fui con él remando hasta la mítica isla. Y como ya intuía desde hacía tiempo, allí no había más que una playa maravillosa plagada de berberechos, de los que dimos buena cuenta, merecedora de la paliza física que nos dimos.

Pero jamás he olvidado el espíritu aventurero de mi infancia. En toda ficción siempre hay algo de realidad y viceversa. Por eso y por mis padres, me hice marinero en letras.

 

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