LAS AVENTURAS DE ‘EL GALGO’ Y ‘EL GATO’ (19)

LA RESACA DE LA NAVIDAD

La del alba debía ser cuando me desperté pues como a «don Quijote» cuando salió de la venta creyéndose armado caballero, a mí también me reventaba el gozo y no precisamente por las cinchas de «Rocinante», sino de lo más profundo del corazón. Del alma más pura y platónica puesto que no pasó nada, es un decir. Simplemente había pasado la noche de la que tan temprano me levantaba, abrazado a Begoña, aunque con pequeñas ‘incursiones’ en forma de caricias. Y eso que la idea de quedarnos solos y en la casa de su padre la noche de Reyes había sido de ella. Ya se sabe y lo he dicho: ellas nos escogen a nosotros y mandan sobre nuestros sentimientos.

Lo que sí pasó fue la Navidad, y el dinero de la Lotería, y un terremoto en nuestras vidas. En la de los cuatro: la de la Luisa y ella; la mía y la de ‘el Galgo’.

No sabíamos que habrían hecho ellos esa noche. Pero Begoña llamó a la Luisa por teléfono, cuando se levantó porque estaba preocupada aunque le asomaba a los labios una sonrisa picarona, y estaba desolada: ‘el Galgo’ se había emborrachado y para eso debía haber bebido bastante. Consiguientemente, entre ello y más presumibles cosas, no le quedaba una peseta en el bolsillo. Y se empeñó en que la Luisa le prestase algo, lo que quiera que fuera que a ella le quedase, pero olvidándose de que le había invitado en no pocas ocasiones. Llegaron a un acuerdo: tomarían como última copa un asiático (un café con leche condensada, coñac, “Licor 43” y canela, bebida típica de Cartagena) en el bar «La Tortuga» que los hacían muy ricos. Esto ya calmó a mi amigo y, según dijo su novia, hasta le dio un buen morreo.

El caso es que habían quedado aquella tarde directamente en la plaza de los Héroes de Cavite. Cuando la Luisa llegó a la cita ‘el Galgo’ se levantó de entre un grupo de jóvenes de mala pinta y se fue hacia ella. Había mucha gente, no obstante, pues iba a tener lugar el desembarco en el muelle principal del puerto de Cartagena. Y lo preciso por dos razones. Por un lado la Luisa no podía afirmar rotundamente que su compañero hubiera estado el tiempo de esperarla con aquella gentuza. Y, por otro -y esto me guardé bien de decirlo- ‘el Galgo’ no era tonto y sabía que por allí debía haber mucha Pasma, mucha Policía. No le convenía e insistió en que se fueran de allí a toda prisa.

Él me confesó a mí algún tiempo después que eran la panda de el Satur, o sea el tipo que me puso la navaja oxidada en el costado y en cuya grey se encontraba también aquel impresentable que nos invitó al primer porro que yo me fumé en mi vida. Pero la transacción no había tenido lugar allí, sino en la plaza de España donde todos ellos, incluido mi amigo (yo no podía olvidar el afecto que desde mucho tiempo atrás le había cogido) se habían metido un pico, es decir, se habían inyectado heroína y de la peor calidad. Muchos, los que lo hacían por primera vez, se pusieron a vomitar como descosidos. Pero los que ya habían superado esa fase empezaron a disfrutar con la subida incrementada con la mezcla quizás de alguna anfetamina. Pero ‘el Galgo’ era de hierro, Dios sabe de qué material está hecho, que parecía que nada le hacía efecto. Pero sí, cuando te empeñas en acostumbras a tu cuerpo a algo, bueno o malo, éste te lo pide. De momento era ya el alcohol lo que más le tiraba. Así que se puso tan contento cuando la Luisa le propuso, después de lo anterior y de haberse bebido unas cuantas Voll Damm’s con ella, lo de tomarse unos asiáticos. Y ahí en «La Tortuga» el tío estaba de lo más normal, según su novia, incluso cariñoso con ella.

Pero, ay, lo que de entrada parece una -digamos- machada, algo de ser muy hombre, a la postre se convierte en tu peor enemigo. Vas chuleando o vacilando de aguantar lo que te echen al coleto y luego cada vez vas necesitando más y más hasta que, casi sin darte cuenta llegas al límite de tu cuerpo y también de la mente. Y te conviertes en un guiñapo, un zombie más de los que ya pululaban algunos por la ciudad. Y la plaza de España y la bajada a la Rambla, se convirtió en centro de operaciones la una, y el picadero la otra cuando no se disponía de otro lugar seguro como una casa, piso o lo que fuera.

A mí se me planteaba un dilema desgarrador. No iba a dejar que mi amigo cayese fatalmente (y la Luisa sola no podía por más que se desvivía por él), pero tampoco iba a dejarme arrastrar por la ya fuerte marejada que teníamos encima (él me insistió muchas veces en que probase aquella mierda). Pero yo, a diferencia de él,  no sólo tenía una familia, sino que ahora además contaba con todo el apoyo y comprensión de mi querida Begoña.

(Continuará)

Aniceto Valverde

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