LAS AVENTURAS DE ‘EL GALGO’ Y ‘EL GATO’ (20)

CAMBIO DE RUMBO

Si cae una persona a la mar o herida en la batalla sus compañeros harán todo lo posible para rescatarla. Pero hay un límite al deber que consiste en no poner en juego la vida propia, puesto que -además- sería doble pérdida, una de ellas sacrificio inútil. Si hay dos náufragos flotando gracias a la misma tabla de salvación, pero ésta va perdiendo capacidad portante y sólo puede ya servir a uno, la misma razón de ‘economía vital’ se impone. Pero lo que se ha de intentar hacer es no llegar a ese extremo, sino que quizás haya uno más fuerte (no es tan infrecuente) que pueda tirar del otro hacia el lado de la vida y lo hará hasta el límite de su propia extenuación. Y hasta donde la, en este caso, ‘víctima inicialmente voluntaria’, se deje.

En este caso, y ya te lo he dicho, por una parte ‘el Galgo’ se estaba sumiendo en el fango, en un infierno de esquinas asquerosas de mugre y jeringuillas compartidas, a pesar de su fortaleza, pero en una curva claramente peligrosa que tomaba cada vez a más velocidad.  Por la otra estábamos sus amigos de verdad (no aquella chusma de la que ahora se rodeaba). Y me refiero a su novia, la Luisa, a Begoña y, sobre todo mí mismo, Félix, antes conocido como ‘el Gato’, con quien tantas correrías ‘sanas’ habíamos protagonizado.

Pasada aquella feliz Navidad de la lotería, se fue metiendo en ese túnel. Antes de que llegara a más, tras el follón que montó la Noche de Reyes a la pobra Luisa, que se desvivía por él, y que yo -por el contrario- había sido tan feliz con Begoña, o creo que ambos lo habíamos sido, fui a buscarlo a la salida de su duro trabajo en la Lonja. Esta mañana me ha dicho que se encontraba enfermo y no podía venir a trabajar —me dijo su tío, el asentador de frutas de la Lonja— Y en verdad que no lo veo bien a ese muchacho. Pero me han dicho que luego se levantó y se marchó no sé dónde.

Él no, pero yo sí lo sabía: a la plaza de España. Y, efectivamente, allí estaba con su nueva banda.

Nos saludamos. Quiso que me quedase allí con aquella gente. Pero yo le dije que quería echar una partida de billar en los «Galaxia» y, mentí, que había quedado allí para después recoger a las chicas.  Por la boca chica oí decir al imbécil del primer porro y requemado de celos por mi relación con Begoña: “Mira tú el faldero éste”. Yo hice casi omiso.

—Mira ‘Galgo’ tú no puedes seguir así. Esta gente te va a llevar a la ruina. Vuelve con nosotros. ¿Cuántos años llevamos tú y yo de amigos?

Y decía que sí, que además era muy poco lo que consumía… Y así, se repitió esta conversación una y diez veces. Y nada.

Era mi amigo y tenía y quería ayudarle, pero bien pudiera haber ocurrido que me arrastrase la marea. Él también me tenía mucho aprecio. Y lo que quería era llevarme a nuevo terreno de juego en el que se te puede ir la vida. Conclusión: tenía que fortalecer yo mi posición; se imponía un cambio de rumbo. Además, hacía ya tiempo que estaba cansado de no hacer nada, mi vida, con o sin el Galgo iba abocada a la ruina. Y eso ya no podía ser. Lo que era es que estaba la omnipresencia de Begoña con su olor a colonia «Nenuco» (le encantaba) y su bata blanca de voluntaria en el Hospital de Caridad.

Me informé y hablé con mis padres.

—Mirad —les dije—. He pensado alistarme voluntario en la Marina para hacer la mili y pedir el ingreso como especialista y, si tengo suerte y me esfuerzo, elegir especialidad en alguna de submarinos. Es la mejor forma de intentar quedarse en Cartagena.

Mi padre no cabía en sí del gozo. Y dijo dándome un abrazo y las lágrimas de mi madre: “Te has hecho un hombre ya”.

Y así se hizo. Y nunca me arrepentiré de ello.

 

(Continuará)

Aniceto Valverde

 

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