LA LIBERTAD DE LA PALABRA
Nuestras vidas están llenas de palabras. Hay quienes se dedican a coleccionarlas como si fueran raros ejemplares filatélicos. Y poniendo unas detrás de otras han escrito las más bellas páginas contando historias, expresando sentimientos o incluso transcribiendo pensamientos y noticias,
pues las palabras no sólo admiten los linderos de los libros, esas a veces cuidadas ediciones de magníficas encuadernaciones y suaves lomos que ponen sus títulos y que recorremos con el dedo índice buscando entre los que reposan en los anaqueles aquél que hace ya tantos años entró a formar parte indisoluble de nuestra vida, sino que también gustan de posarse en el quebradizo papel de prensa y últimamente en las pantallas de los ordenadores o los móviles sobre las que forman hiladas de hormigas que transportan la información a veces al frenético ritmo que saben imprimirle unos ágiles dedos cabalgando sobre el teclado, o al que en ocasiones somos capaces de leer al mismo diabólico ritmo con el que cambian los contenidos de una página web.
Reinventar la realidad y transmitir el pensamiento ha sido siempre una de las necesidades básicas de los hombres, seguramente pareja al propio instinto de conservación de la especie y como éste una lucha que se gana y se pierde al mismo tiempo: parece inútil luchar contra la muerte y al mismo tiempo y sin lugar a dudas éste el principal motivo de la vida y para que ella continúe en nuestros hijos.
Inventar mundos fue una capacidad muy valorada durante la Antigüedad de manera que al que la poseía, yo diría que al que desarrollaba esta capacidad que todos tenemos de fábrica, se le daba el mismo tratamiento de divino que a los emperadores o gobernantes, y se ha demostrado a lo largo de la historia que el ejercicio de ese poder de fabulación es sin duda más sano: no tiene efectos secundarios o colaterales a diferencia del que se basa en las relaciones de dominación de unos hombres sobre otros, y aun puede que sea una vacuna contra los excesos de éste, y si no ¿qué es eso de la opinión pública, si es que todavía existe propiamente y no ha sido engullida, tergiversada, deglutida por los contenidos de la redes sociales o sencillamente vilmente censurada?
El uso de la palabra contiene en sí mismo toda la libertad de que una persona puede disfrutar, siempre que se quiera usar y no tener miedo de la responsabilidad que ser libre lleva implícita. Desde luego uno es dueño de lo que calla: la prudencia y discreción a veces imponen el silencio. Pero en lo demás callar puede ser un acto de egoísmo o de miedo a la libertad (como decía Erich Fromm), tal y como ocurre muchas veces en la ambigua o diría que actual intolerante realidad. «La historia es el esfuerzo del espíritu para conseguir la libertad», decía Hegel. ¿Habría que cambiar la frase y decir que esa historia es la lucha para conseguir la comodidad del conformismo? Para no saber, para no opinar; en definitiva, para no ser responsable de tamaños desatinos como se ven.
Me parece que esa actitud supone la represión del instinto natural que tiende a dejar constancia de la propia existencia de cada cual. Pero ni aun la represión total es posible puesto que cada vez que hacemos un plan nos representamos la situación que anhelamos, y en realidad inventamos esa futura realidad según el paupérrimo estado de la libertad nos permite, como cuando se proyecta o investiga en estas mismas circunstancias actuales claramente regresivas. Pero no se puede dejar de soñar, ni de hacerlo hacia delante que es imaginar. Y eso es, por esencia, libre. Su herramienta: las palabras (Emilio Lledó).
Aniceto Valverde Conesa
De la Asociación de Escritores de Cartagena (España) AECT










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