LAS AVENTURAS DE ‘EL GALGO’ Y ‘EL GATO’ (y 22)

LA MEADA DEL MONO

Sí, ‘el Galgo’ tuvo que marcharse de la ciudad porque su vida corría peligro y no sólo por el que él mismo se infligía (estaba totalmente enganchado al maldito ‘caballo’), sino porque se había atrevido a estafar a los que introducían ese veneno en la ciudad, e incluso a otros que simplemente trapicheaban como él para procurarse la ‘ración’ necesaria para evitar padecer los síntomas de lo que se llamaba y se sigue llamando ‘el mono’; síndrome de abstinencia propiamente dicho que provocaba la ausencia del consumo de la droga necesaria según la que cada cual se hubiera hecho al cuerpo.

Con esos pequeños tiburones incluso había tenido peleas en las que en no pocas ocasiones salía a relucir el acero de las armas blancas, incluso automáticas entonces no tan controladas como hoy en día. Él siempre salía ‘victorioso’ por su fuerza y el conocimiento de algo de artes marciales que le había proporcionado su trabajo físico en la Lonja y tanta película de su héroe Bruce Lee al que, como ya te comenté, imitaba. Pero los ‘grandes’ no tendrían piedad con él y más por eso de que les espantaba a los ‘pequeños intermediarios’ que les servían de parapeto. De esta manera, les obligaba a tratar con él el ‘menudeo’, y no era precisamente fiable. Un cambio de aires, pensó aun dentro de su enajenación, no le vendría mal tampoco. Durante bastante tiempo creímos que andaba por los arrabales de Madrid. Pero nada se sabía de cierto.

Tú estabas fuera de Cartagena por aquel entonces y te cuento todo esto porque me lo has pedido. Ya ves que ha dado hasta para una pequeña historia, que espero haya llenado esa laguna de tu existencia y cubierto tu añoranza o información desde que dejamos el Colegio, la Primaria o Básica, mejor dicho, y hasta que, después de un largo itinerario profesional, vinimos a coincidir en el Boletín Oficial del Estado como aptos o designados para hacer el Curso de Submarinos y conseguimos la preceptiva autorización de nuestros respectivos comandantes para hacerlos. Nada fue fácil. Y, por todo lo que te he contado, mi padre abrió la botella del mejor champán que el hombre (que en Paz descanse) pudo encontrar. La alegría inundó la casa y hasta el vecindario. Begoña -a la que hacía tiempo que ya conocían mis padres- me comía a besos. No dudaron ni por un momento de que, si había llegado hasta ese punto, no dejaría escapar la oportunidad que me venía al encuentro y superaría el curso. Yo estaba pudiendo salvar mi vida gracias a los apoyos con los que conté; a tener una familia y una novia, ahora mi mujer, a la que sigo adorando… Sin embargo, otros no tuvieron esa suerte y su destino fue más aciago o algo peor que el mío. El azar es injusto. Pero la vida es así.

—Oye, y de la Luisa ¿qué ha sido de ella en todos estos años? No me has dicho nada.

—Huy, no te lo vas a creer. Una ironía del destino ¿Recuerdas qe había un tipo de la panda de el Satur que nos invitó al primer porro y que me odiaba porque se moría por los huesos de Begoña?… Pues fue a enrollarse con él. Oye, y no les fue mal. En aquella época todo estaba distorsionado por la maldita droga. No digo que ahora no exista, que la realidad es compleja y muchos la alteran todavía más. Begoña ve todos los días en su trabajo de enfermera gente perdida en el laberinto del alcohol y otras nuevas sustancias y problemas… Pero entonces era muy fuerte. Qué o qué más te voy a contar si en todos lados ocurría la mismo; las calles pobladas de zombies deambulando por una ciudad también desvencijada donde en casi cada casa había un garito y una esquina o hueco donde alguno de estos seres se inyectaba, con la ayuda de otro, el caballo de dudosa pureza además…—y concluí—No quiero seguir hablando más.

Hacía una mañana de domingo espléndida. El mar Mediterráneo refulgía en la Dársena del Puerto. Todo invitaba a la vida. Y no quería estropear el gozo del paseo con más detalles.

Aparcó un autobús al lado de lo que aún era el Muelle Comercial. Se oía gente entonando cánticos religiosos. Se abrieron las puertas y de la de atrás se bajo un tipo desgarbado y de piernas largas en proporción al resto de su cuerpo. Estaba muy envejecido. Pero sin duda era él. El Galgo se acercó corriendo y le dio un abrazo a quien durante un tiempo llamaba Gato. Todavía estaba fuerte. Pero enseguida, reparó en que su amigo Félix no estaba solo, sino que había esa otra presencia que era mi persona:

—Hombre, Lorenzo. Que Dios te bendiga.

Y ese otro al que llamaba por su nombre dijo: “Pero, Rafael o Galgo ¿te acuerdas de mí? Si sólo coincidimos en el último curso de la Básica.”

—¿Cómo no me voy a acordar del José Vélez de la clase? Buena gente el Loren. Te parecías un montón a aquel cantante… Y qué, dando un paseo y contemplando esta maravilla ¿no?…

…Y para que luego digan que esto vino un mono se meó y lo hizo.

Eso dijo, y se volvió corriendo con el grupo que se había bajado del autobús.

 

FIN

Aniceto Valverde Conesa

Para Mabel

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