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Se habían ido de Cartagena hacía muchos años. Fue tras el nuevo desarrollo industrial de la ciudad, después del montaje, la puesta en marcha de la Refinería de Escombreras y algún tiempo de trabajo en sus instalaciones en asuntos de ingeniería y procesos químicos. La empresa lo llamó para que fuera a la central en Madrid, a un puesto de gran responsabilidad, sin duda por los méritos que había hecho en su gestión en nuestra ciudad. No obstante, primero pasaron unos dos años en Tarragona en los que él participó, nuevamente, en la puesta en marcha de su planta industrial de refinado de petróleos. Aquí, en Cartagena, dejaron una gran parte de su familia y muchos amigos que, entre otros, habían sido compañeros de trabajo y optaron por quedarse en la planta de Escombreras.

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AMOR, GUERRA Y SOLEDAD

En los libros está escrito que a la diosa Tanit se la llama también Ishtar o Astarté  y que su símbolo en Cartago es un triángulo cubierto por una barra o raya horizontal y un círculo que corona toda la figura sobre la que a veces hay también una media luna y cuyo dibujo completo aparece en muchas ocasiones como enmarcado en una casa o capilla de trazos muy simples….

Por el contrario, en ninguna parte encontrarás vestigio fidedigno alguno que acredite, ni remotamente, que yo me haya llamadoo Sinuhé.

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Conflictos a pie de mar. Reposición veraniega mientras vamos terminando nuevos textos inéditos.

Se le ve (o algunos lo vemos) deambular por las calles de la ciudad desierta  -sobre todo por las tardes- del tórrido y bochonorso estío.

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Una historia de guerras antiguas y mitológicas libradas sin piedad.

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De los conflictos, la guerra y las armas,

En un momento don Quijote media entre dos pueblos que se disponen a combatir por causa de los rebuznos de sus regidores…

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VIAJE AL CENTRO DE INTERNET

PRIMERA ENTREGA

El dominio de Oriente.

No fue la tan augurada guerra nuclear la que acabó con la humanidad tal y como la habíamos conocido hasta los comienzos del Tercer Mileno de nuestra Era.  Pasadas las felices décadas de los años veinte y treinta del siglo XXI, conocidos como la “Techniqué epoc” en claro paralelismo con la “Belle Époque” de un siglo antes, sobrevino la crisis mundial  que amputó a los seres humanos sus facultades más básicas. ¿Para qué destruir a los hombres si se podía dominarlos por completo? De malos agoreros se acusaba entonces a aquel grupo de personas que formaban el club de “El mono de la maraca” que ya advirtieron hace cincuenta años de lo que estaba pasando. La comodidad impidió entonces a las gentes percibir la involución, y bien que “el mono” hacía sonar la maraca para advertirlo como seguidores del “neopositivismo lógico” del Club de Viena. Eso sí, con la diferencia de que “El mono de la maraca” no era ni el más fuerte ni el más ágil de la manada. Hacía cosas extrañas como leer libros y no comer carne. Nadie le hacía caso. Pero un buen día se encontró en la selva una maraca. Comenzó a hacerla sonar y todos caminaron tras él por el bonito sonido que le sacaba al instrumento que volvía locas a las que hasta entonces le habían dado la espaldad al pobre “mono” de la evolución. De esta anécdota tomó el club su nombre: lo más simple hace lo más hermoso y agradable al ser humano.

Habían sido años muy felices, la dorada época de la tecnología que lo hacía todo fácil: se habían llegado a desarrollar humanoides para el servicio doméstico y uno estaba unido a un trabajo cómodo por medios tecnológicos tan sofisticados que bastaba un click del ratón para cumplirlo satisfactoriamente. Y de los ratones, pero de los que aún existían como seres vivos, vino precisamente la idea que finalmente ha triunfado en esta primera década del Tercer Milenio, si nosotros, los que quedamos, no somos capaces de ponerle remedio.

Aquello que se dio en denominar como deslocalización de las empresas hizo furor desde el momento en que se pusieron en marcha medidas efectivas para proteger el planeta. Llegaron algo tarde; pero no hemos tenido que emigrar a otros planetas como ingenuamente se hacía creer en las antiguas películas de ciencia ficción. Bastó con instalar una esfera de metacrilato permeable que retuviera y purificara, de cuando en cuando, la atmósfera. Pero esto vino luego a ser otro elemento más de la trampa. Las grandes multinacionales, únicas empresas que sobrevivieron a la estanflación de los años treinta, es decir a la inflación galopante conjugada con la subida del precio del dinero –el “eurodólar”- y el crecimiento nulo de la economía que entonces se produjo, se establecieron para siempre y en su totalidad bajo el amparo de las potencias asiáticas. Recuerden lo que llegó a decirse del periodo entre las dos primeras guerras mundiales acaecidas en el siglo XX. En la denominada República de Weimar, en la Alemania de aquellos tiempos, se llegó a afirmar: “Antes íbamos a la compra llevando el dinero en el monedero y los productos en la cesta. Ahora llevamos el dinero en el capazo y la compra en el monedero”. Esas grandes empresas se llevaron a sus ejecutivos más selectos. La mano de obra resultaba mucho más barata. Las necesidades de infraestructuras eran mínimas: había ya ordenadores minirreducidos que, superando con creces la Ley de Moore, trabajaban a la antigua velocidad del sonido en su conversión a millones de gigaherzios; antigua porque ahora no existe el movimiento del aire que permita comprobarlo: sólo hay viento cuando alguien pone en marcha las turbinas de ventilación acopladas a las bóvedas ‘celestes’ de metacrilato. Todos se pusieron a programar y programar en secuencias de seguridad, en protección no sólo de redes, sino aun a niveles personales y sociales. Pronto descubrieron que la mejor defensa es el ataque, un ataque que neutralizara al enemigo. Pero la desconfianza era tal que todo el mundo estaba bajo la sospecha de poder ser un infiltrado que luego pudiera vender o difundir los secretos y volver a hacer vulnerables los sistemas. De esta manera, el círculo programador con verdadera capacidad decisoria se fue reduciendo al mínimo de la misma forma que la capacidad intelectual de los propios programadores, en clara concentración de poder.          Como se decía en el ‘chiste’ gráfico de “El Roto”: “Cuando despertaron en Occidente, los asiáticos ya estaban allí.”

El Molinete

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Subsistir de prestado

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