NO CESARON LOS TELÉFONOS EL 11-M

Se habían ido de Cartagena hacía muchos años. Fue tras el nuevo desarrollo industrial de la ciudad, después del montaje, la puesta en marcha de la Refinería de Escombreras y algún tiempo de trabajo en sus instalaciones en asuntos de ingeniería y procesos químicos. La empresa lo llamó para que fuera a la central en Madrid, a un puesto de gran responsabilidad, sin duda por los méritos que había hecho en su gestión en nuestra ciudad. No obstante, primero pasaron unos dos años en Tarragona en los que él participó, nuevamente, en la puesta en marcha de su planta industrial de refinado de petróleos. Aquí, en Cartagena, dejaron una gran parte de su familia y muchos amigos que, entre otros, habían sido compañeros de trabajo y optaron por quedarse en la planta de Escombreras.

Volvían muchas veces a la ciudad. Sobre todo durante los primeros años, de vacaciones de Navidad, Semana Santa y a veranear en alguna de las playas de nuestro litoral…, por lo que siguieron manteniendo el contacto y afecto de muchos de esos amigos y compañeros con los que él también seguía colaborando profesionalmente desde sus diversos puestos no sólo en la empresa, sino en la industria en general desarrollada a partir de aquélla en la ciudad.

Habían tenido varios hijos, ya todos mayores aunque una, la menor -en el tiempo en que sucedieron estos hechos- aún estudiaba en la universidad (Derecho como su hermana mayor) y seguía viviendo con ellos. Y todos residentes en Madrid, aunque nacidos en Cartagena.

Aquella mañana del 11 de marzo de 2004 una de ellas, haciendo de abogada de Oficio, debía haber estado en la estación de Atocha para coger el cercanías que la hubiera llevado a una comparecencia de toma de declaración a un detenido en Getafe. Pero, unos minutos antes de llegar a la estación, recibió una llamada en la que le comunicaban que la actuación se retrasaba por un problema en la agenda judicial y de coordinación con la Policía. El resto del día no paró de sonar, y detrás de la ansiedad y el llanto de sus palabras, con la amplitud con la que recogen los sonidos los micrófonos de los teléfonos móviles, se oía el aullido continuo de las sirenas de las ambulancias como si estuviera hablando con un enviado especial a una zona de guerra para cualquier telediario.

Aniceto Valverde

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