CARTAGENERO AUSENTE Y ESPECTADOR DE LA SEMANA SANTA

A ti, que vas buscando el lado mágico de la ciudad, la Semana Santa te parece un marco incomparable para desarrollar una historia. El recuerdo de cuando eras niño y veías las procesiones desde el mirador de la casa de tu abuela, situada en pleno casco antiguo…

Ese ambiente de irrealidad (o trascendencia) que tiene el desfile de los capirotes iluminados por la tenue luz de los hachotes en plena noche. Las imágenes de los tronos, muchas de ellas, especialmente las que representan a Jesucristo, desencajadas de dolor o simplemente exageradas en su expresionismo para transmitir, para informar de la Pasión y muerte del Redentor. Hasta la propia mar que es distinta: sobre ella Él anduvo también como dijo el poeta…

 Todo ello crea, a tu juicio, un caldo de cultivo adecuado, mistérico, mágico, propicio para ambientar la historia, el relato que, año tras año, vienes intentando tener preparado para estas fechas singulares. Y que muy probablemente haya también este año.

Las calles estrechas, el retumbar en ellas del son de los tambores y trompetas, el propio silencio de la procesión del Jueves Santo, son datos, recuerdos, imaginaciones que mueven irremisiblemente a tu ánimo en ese sentido hacia lo mágico, porque así es, así fue el misterio de la muerte y resurrección de Jesús. Como la pequeña estatua de una Virgen en un jardín o un cruceiro en los caminos mueven a esa religiosidad íntima, que conmueve tus entrañas, el desfile pasional, el ambiente de la Semana Santa te lleva a la cabeza la idea de tragedia, tanto en el sentido de drama, de representación, como de fatal desenlace, si bien luego esa fatalidad es remediada por la creencia en la resurrección, que coincide muchos años con el estallido de la primavera, con el renacer de la vida.

 Tú nunca has participado activamente en la Semana Santa, es cierto. Casi siempre has estado fuera de la ciudad aunque procurabas volver para esas fechas. Fuiste durante largos años un cartagenero ausente. Por eso has sido siempre espectador más que otra cosa. Un observador conmovido y dinámico. Se te han puesto los pelos de punta con la Salve marinera, con una saeta que ha desgarrado la noche, con el claquetear de las pisadas del piquete, con el sordo retumbar de los tambores. Y el propio hecho de volver desde fuera por Semana Santa. El viaje siempre inspira al ver pasar la vida por la ventanilla del automóvil o del tren, el irse o volver que siempre hacen mudar el ánimo del viajero y le ponen la sensibilidad a flor de piel. Como a ese capirote que ve la vida sólo a través de los huecos en el capuz.

Por eso quieres reivindicar de alguna manera la figura del espectador, sin cuya presencia, como tampoco sin la del procesionista, no existiría la magia de la Semana Santa. Un espectador que no sólo observa la procesión sentado en una mesa con una mano sobre la mejilla, sino también desde el mirador de alguna casa o de calle en calle, siguiendo su itinerario, viendo el desfile a retazos como estampas o fotogramas de una película de gran belleza costumbrista: las imágenes pasando, la gente agolpada para verlas, tú mirando desde atrás, en algún rincón de la ciudad como cuando eras un joven que soñaba con ser escritor.

 

 

Aniceto Valverde Conesa

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *