SALTIMBANQUI
El hombre que huye
Esto era una vez un hombre que trabajaba en el circo, en el mejor circo de aquel país convulso como todos hoy día. Por su parte, el circo tenía el director más sabio del mundo y sabía asignar a cada artista en cada función el papel que mejor pudiera desempeñar sobre todo en función de su estado de ánimo y condiciones físicas. Era como el mejor seleccionador de fútbol.
Por la mañana se le oía decir: “Tú serás trapecista. Tú bailarina. Tú ‘clown’. Tú domador de leones…Funambulista. Y tú saltimbanqui.” De este modo hacía los encargos de las profesiones circenses para los diversos espectáculos con los que contaba su circo, que tanto éxito cosechaba allá donde fuere. Pero siempre dejaba uno o una, aleatoriamente en un principio, sin determinar desde que una vez ocurriera que se había olvidado del protagonista: “Maestro —dijo— ¿y yo de que haré? (porque en puridad utilizaban el verbo hacer, hacer de…)”. El director contestó: “Tú harás de ti mismo.” A partir de ese día todos los artistas querían hacer de sí mismos, y el maestro se hizo un poco más sabio y, aunque pareciera casual, sabía a quien le iba a tocar hacer de sí mismo, a quien de sus artistas le iba a encargar ese día el difícil papel de domar a las fieras o, incluso, hacer reír al público improvisando sus circunstancias más rutinarias y más hilarantes.
Esto era un hombre que se había metido a trabajar en este circo como el que se mete en la Legión; o sea huyendo incluso de sí mismo. Pero no pesaba sobre él denuncia ni reclamación judicial alguna. Era muy fuerte y ágil. El sabio director lo empleó de saltimbanqui, que puede sonar a chiste, pero es más serio de lo que parece. Él huía de un amor dolorosamente fracasado por causas ajenas a sus propios sentimientos, los de ambos. Ella era catalana y él de algún lugar de la provincia de Almería. La familia de la chica era independentista y él de la derecha nacional. Les hicieron la vida imposible en este país que tiende, cada día desgraciadamente más, a la polarización. Era insoportable. No encontraron rincón alguno donde guarecerse de tanta basura pues hasta sus propias familias jaleaban a ambos bandos, hasta que el odio llegó a invadirlos a ellos mismos y las discusiones se hicieron la relación normal de la pareja y ésta se hizo trizas.
Era el saltimbanqui ideal, trepaba, se dejaba colgar y hacía toda suerte de filigranas; saltaba siempre sin red. A fin y al cabo el dolor es hijo de la alegría o el amor. Y este hombre, que vino a ocupar el puesto desconocido o vacante cada día en el circo por siempre hasta que se abriese la cabeza, ya no tenía de aquellos, amor, alegría, puesto que los había gastado todos, ni más dolor que el que él pudiera seguir infligiéndose, por eso huía de sí mismo trepando por las murallas.
Aniceto Valverde










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