LAS AVENTURAS DE ‘EL GALGO’ Y ‘EL GATO’ (15)

Y VINO LA LOTERÍA DE NAVIDAD

Tal vez -me contaba Félix- podía apreciarse ya cierta distancia entre nosotros. Se dice que una mujer puede interponerse entre dos o más amigos y separarlos. No lo digo de la otra forma ya que podría resultar ordinaria… Y no era el caso ni el uno n el otro. La Luisa y Begoña eran ya nuestras novias. Distintas la una de la otra, claro está, en correspondencia con el carácter de mi amigo ‘el Galgo’ y el mío más tirando a romántico que había subido a Begoña a los altares. Encima -y ahora después cuento exactamente lo que o cómo ocurrió- vino a tocarnos la Lotería de Navidad y con ello a poner un paréntesis morrocotudo en nuestra vida y relaciones.

 

Sucedió (debió ser la única vez en su vida que Begoña hizo trampas a la vida misma) que una amiga suya del Instituto Nocturno que estaba ya en tercero, tenía participaciones o papeletas de lotería de Navidad que vender como es o era -casi mejor dicho- lo típico para buscarse una pequeña ayuda económica e irse de viaje de estudios. Y le dio, en su momento, dos talonarios de ellas para que los vendiese como y a quien buenamente pudiera. Ella, Begoña, le dio uno a la Luisa con la misma finalidad.  Bueno, en realidad, todos estábamos en el compromiso de ayudar en la venta de los talonarios de papeletas. Pero ambos quedaron olvidados: estaban y estábamos en otras cosas importantes como el estreno del amor, y el Galgo -en algunas ocasiones- sumido en las vaharadas dulzonas del hachís.  Pero un huracán vino a sacarlos de su negligente (lo digo con todas las letras) abandono, puesto que llegó el día 22 de diciembre y ya por la mañana corría como un reguero de pólvora por el Instituto que había tocado algún premio a ese número que yo me acuerdo cuál era, pero el secreto vendrá conmigo a la tumba, Dios quiera que sea lo más tarde posible.

No entiendo ni de cuartos ni de quintos premios. A mí me llevaba mi abuelo paterno a la tómbola que ponían en la Glorieta de San Francisco (muy cerca de donde vivía el Galgo antes de que su accidente en Héroes de Cavite motivara que su tío lo acogiese en su casa) y compraba unos boletos de los que rara vez salía algún premio: sólo pirindolas de 1X2. Y me hacía, mi abuelico, girarlas luego para rellenar la quiniela de fútbol según la cara sobre la que cayera el juguete. Tampoco creo que de esa forma nos tocara nunca nada digno de mencionar.

Pero a nosotros sí. A nosotros nos había tocado en la Lotería de Navidad un premio. Nada más ni menos que -decían- a razón de duro por peseta invertida. O sea que si de las cien que valía cada una, ochenta eran la apuesta y veinte de beneficio para el viaje, pues la cuenta sería o salió de multiplicar esas ochenta por cinco pesetas. Bueno, no me hagas mucho caso que yo repito aquí y ahora lo que oía sin entender mucho y hasta donde mi memoria alcanza, el caso es que nos vimos con unas treinta mil pesetas caídas del cielo. O un poquico más sumando el producto de los típicos aguinaldos. Mi abuela paterna me daba cien duros, por ejemplo, o sea quinientas peseticas, y otros parientes pues así, el que menos pues cien. Y a los demás algo les dieron también sus familias.

Fue Begoña la que orquestó todo, por eso digo que creo que fue la única vez en su vida que hizo trampas en algo, siempre ha afrontado las cosas como han ido viniendo con toda valentía; aunque creo que no fue o fuimos los únicos. Cogió el dinero necesario del que le había dejado su madre en herencia y pagó a su amiga de tercero del Instituto el importe nominal de los dos talonarios diciéndole que habíamos vendido todas las papeletas o participaciones. Y luego nos íbamos turnando entre los cuatro para llevar cada día unas cuantas a cobrarlas del depositario, que era el cantinero del Instituto, diciéndole que nos las había dado un tío, la abuela, un vecino… a tal efecto y luego darles el dinero del premio. Una excusa verosímil que, no obstante, nunca convenció al hombre que tenía una no, cien moscas en la oreja lo que abunda más en la idea de que no éramos los únicos.

Fue también Begoña (por supuesto reintegró el dinero de su madre) la que decidió que el provecho ya neto del premio se gastase entre los cuatro a partes iguales. Había de sobra. Treinta mil pesetas de la época en manos de unos zagales de dieciséis y diecisiete años era mucho dinero. Pasamos unas Navidades estupendas que ya detallaré.

No hizo falta hacer ninguna advertencia al respecto. El Galgo sólo se gastó en todo el tiempo mil pesetas en costo, o sea, un talego, y no fue todo para él o nosotros, sino que regaló la mitad a un amigo suyo de fuera. La Luisa llegó a decir que éramos los únicos tíos que conocía que no se gastaban todo el dinero que tenían en chocolate, es decir, en hachís. Y es que yo creo que cuando vives bien, cuando cuentas al menos con lo necesario, incluyendo el afecto, no piensas ni necesitas nada más, que, encima, te haga feliz artificialmente. Vamos que es más difícil que te enganches a cualquier veneno de los que circulaban y circulan por ahí.

Me iba reafirmando más aún en la idea de que, además de por querer cada día más a Begoña (que me colmó de regalos), tenía que irme buscando mi camino en la vida.

 

(Continuará)

Aniceto Valverde Conesa

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