Dedicado a Francisco José F.

Una pequeña excursión a la Isla del Barón (o Isla Mayor del Mar Menor, Cartagena) en otros tiempos de aguas limpias y jugosos berberechos.

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(UNO) LA DETENCIÓN DE AL CAPONE

Nos habíamos quedado en el Bronx allá por los mismos años. Sí, en el Bronx neoyorkino, donde habitan las chicas que tanto le gustaban al filósofo Francisco Jarauta, por las razones que él mismo, de su viva voz, confesaba en la parte primera de esta historia que prometí llevar a Chicago allá por los años treinta.

Lo prometido es deuda y en Chicago tenía su emporio el mafioso Al Capone, nacido en Brooklyn (Nueva York), el más grande y temido mafioso: a los 27 años ya controlaba todo tipo de negocios ilícitos., incluida la prostitución. Si las chicas del Bronx llevaban una bala en el corazón, a las de Chicago ya no les cabía ninguna más —balas— salidas de aquellas metralletas de tambor al uso de la época. La hermana de un coleccionista de arte amigo de Al Capone, no quiso tener relaciones sexuales con él y —según se dice— mandó que los mataran (él nunca de machaba las manos). Y acabaron en un callejón como el que se ve en la foto o parecido llenos de plomo. Pero éste no fue un caso único. Cuando Capone se emborrachaba empezaba a insultar a las chicas. Ambas cosas ocurrían con frecuencia… Iguamente pasó a la historia la famosa  Matanza de San Valentín.

 

 

Nos habíamos quedado en el Bronx allá por los mismos años. Sí, en el Bronx neoyorkino, donde habitan las chicas que tanto le gustaban al filósofo Francisco Jarauta, por las razones que él mismo, de su viva voz, confesaba en la parte primera de esta historia que prometí llevar a Chicago allá por los años treinta.

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La deshumanización

De momento la cuestión que como se ha expuesto… Bueno, en realidad la lucha por la recuperación del conocimiento comienza al final de estas líneas, de esta crónica. Pero, recuérdese que fueron escritas en el año 2008. La situación no sólo no ha mejorado, sino que, muy posiblemente, ha empeorado, La gente sigue afectada por el código del olvido  lo que implica su deshumanación. En este camino vamos cada vez a más. No hace falta abundar en los comportamientos que nos delatan. Pero confiemos en que todo volverá a ser como antes del Único. Y recuperaremos la libertad.

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El capitán Relámpago

 No fue la tan augurada guerra nuclear la que acabó con la Humanidad tal y como la habíamos conocido hasta los comienzos del Tercer Milenio de nuestra era. Entre los años treinta y cuarenta de su primer siglo, la economía entró en recesión absoluta generando un flujo de poder económico y político a favor de las potencias asiáticas, dominadoras de la informática. Las palabras fueron desapareciendo a favor de los iconos. El propio Bill Gates había tenido la culpa en principio. Todo eran simbolitos que representaban las cosas. Simultáneamente los objetos fueron teniendo su réplica informática. Incluso las personas teníamos nuestros clones en el seno del mundo virtual. ¿Era uno responsable de lo que hacía su doble en Internet?, se preguntaba la Ciencia Jurídica?

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El manto del olvido y la estrategia de Siracusa

Recapitulemos lo ya pasado antes de abordar cómo nos defendimos nosotros y pudimos con ello mantener casi intactas la mayor parte de nuestras funciones cerebrales. Recordemos que el Mundo estaba en manos de las potencias asiáticas y, en concreto, de su maligno líder, aquel que quería ser el Único.

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La biblioteca universal.

Las potencias asiáticas se habían hecho con el dominio mundial a través de un fortísimo desarrollo tecnológico. Destacaba especialmente la Ciencia Informática que gobernaba el suministro de la información y de la alimentación mundial a través de poderosos ordenadores. Los códigos de programación eran cada vez más complejos y secretos. La vida se había digitalizado por completo. Las palabras casi habían desaparecido siendo sustituidas por los iconos, los símbolos gráficos y la sola imagen de los acontecimientos daba cuenta informativa de ellos. La atmósfera se ha tenido que cubrir con una bóveda de metacrilato con ventiladores para proteger y purificar el aire en la Tierra.

 

SINOPSIS: Control informático

Las potencias asiáticas se habían he- cho con el dominio mundial a través de un fortísimo desarrollo tecnológi- co. Destacaba especialmente la Ciencia Informática que gobernaba el su- ministro de la información y de la ali- mentación mundial a través de pode- rosos ordenadores. Los códigos de programación eran cada vez más complejos y secretos. La vida se había digitalizado por completo. Las pala- bras casi habían desaparecido siendo sustituidas por los iconos, los símbo- los gráficos y la sola imagen de los acontecimientos daba cuenta informativa de ellos. La atmósfera se ha tenido que cubrir con una bóveda de metacri-ato con ventiladores para proteger y purificar el aire en la Tierra. Un ataque que dominará a la Humanidad está a punto de desencadenarse.

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VIAJE AL CENTRO DE INTERNET

PRIMERA ENTREGA

El dominio de Oriente.

No fue la tan augurada guerra nuclear la que acabó con la humanidad tal y como la habíamos conocido hasta los comienzos del Tercer Mileno de nuestra Era.  Pasadas las felices décadas de los años veinte y treinta del siglo XXI, conocidos como la “Techniqué epoc” en claro paralelismo con la “Belle Époque” de un siglo antes, sobrevino la crisis mundial  que amputó a los seres humanos sus facultades más básicas. ¿Para qué destruir a los hombres si se podía dominarlos por completo? De malos agoreros se acusaba entonces a aquel grupo de personas que formaban el club de “El mono de la maraca” que ya advirtieron hace cincuenta años de lo que estaba pasando. La comodidad impidió entonces a las gentes percibir la involución, y bien que “el mono” hacía sonar la maraca para advertirlo como seguidores del “neopositivismo lógico” del Club de Viena. Eso sí, con la diferencia de que “El mono de la maraca” no era ni el más fuerte ni el más ágil de la manada. Hacía cosas extrañas como leer libros y no comer carne. Nadie le hacía caso. Pero un buen día se encontró en la selva una maraca. Comenzó a hacerla sonar y todos caminaron tras él por el bonito sonido que le sacaba al instrumento que volvía locas a las que hasta entonces le habían dado la espaldad al pobre “mono” de la evolución. De esta anécdota tomó el club su nombre: lo más simple hace lo más hermoso y agradable al ser humano.

Habían sido años muy felices, la dorada época de la tecnología que lo hacía todo fácil: se habían llegado a desarrollar humanoides para el servicio doméstico y uno estaba unido a un trabajo cómodo por medios tecnológicos tan sofisticados que bastaba un click del ratón para cumplirlo satisfactoriamente. Y de los ratones, pero de los que aún existían como seres vivos, vino precisamente la idea que finalmente ha triunfado en esta primera década del Tercer Milenio, si nosotros, los que quedamos, no somos capaces de ponerle remedio.

Aquello que se dio en denominar como deslocalización de las empresas hizo furor desde el momento en que se pusieron en marcha medidas efectivas para proteger el planeta. Llegaron algo tarde; pero no hemos tenido que emigrar a otros planetas como ingenuamente se hacía creer en las antiguas películas de ciencia ficción. Bastó con instalar una esfera de metacrilato permeable que retuviera y purificara, de cuando en cuando, la atmósfera. Pero esto vino luego a ser otro elemento más de la trampa. Las grandes multinacionales, únicas empresas que sobrevivieron a la estanflación de los años treinta, es decir a la inflación galopante conjugada con la subida del precio del dinero –el “eurodólar”- y el crecimiento nulo de la economía que entonces se produjo, se establecieron para siempre y en su totalidad bajo el amparo de las potencias asiáticas. Recuerden lo que llegó a decirse del periodo entre las dos primeras guerras mundiales acaecidas en el siglo XX. En la denominada República de Weimar, en la Alemania de aquellos tiempos, se llegó a afirmar: “Antes íbamos a la compra llevando el dinero en el monedero y los productos en la cesta. Ahora llevamos el dinero en el capazo y la compra en el monedero”. Esas grandes empresas se llevaron a sus ejecutivos más selectos. La mano de obra resultaba mucho más barata. Las necesidades de infraestructuras eran mínimas: había ya ordenadores minirreducidos que, superando con creces la Ley de Moore, trabajaban a la antigua velocidad del sonido en su conversión a millones de gigaherzios; antigua porque ahora no existe el movimiento del aire que permita comprobarlo: sólo hay viento cuando alguien pone en marcha las turbinas de ventilación acopladas a las bóvedas ‘celestes’ de metacrilato. Todos se pusieron a programar y programar en secuencias de seguridad, en protección no sólo de redes, sino aun a niveles personales y sociales. Pronto descubrieron que la mejor defensa es el ataque, un ataque que neutralizara al enemigo. Pero la desconfianza era tal que todo el mundo estaba bajo la sospecha de poder ser un infiltrado que luego pudiera vender o difundir los secretos y volver a hacer vulnerables los sistemas. De esta manera, el círculo programador con verdadera capacidad decisoria se fue reduciendo al mínimo de la misma forma que la capacidad intelectual de los propios programadores, en clara concentración de poder.          Como se decía en el ‘chiste’ gráfico de “El Roto”: “Cuando despertaron en Occidente, los asiáticos ya estaban allí.”

  Una cuestión de profesionalidad

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