PAZ-GUERRA. INFIDELIDAD A GRECIA

Vivir es un acto de fe, de confianza en que mañana amanecerá un nuevo y, a ser posible, espléndido día en toda esa plenitud vital de las «Hojas de Hierba» de Whalt Whitman: todos los hombres y las mujeres serán mis hermanos.

En cambio, la enfermedad, aun en su preludio, es presagio de mala muerte, llegue o no a consumarse la extinción de la vida o la cosa quede en una mala avenencia con el propio cuerpo superable si se tiene la suerte de contar con el oportuno tratamiento.

El cuerpo social no está exento de experimentar estas situaciones: La alegría de vivir que ineludiblemente requiere paz. O la patología que es la guerra, el conflicto social, desatado por la maldad. Y aunque lo haya expresado en este orden, cuantitativamente prevalece la violencia, la destrucción, la muerte que aparejan las guerras frente a una paz cada vez más debilitada. O esta es la perspectiva más plausible —diría que única— desde la que mirar el pernicioso fenómeno.

En el seno de la Grecia Clásica dice Emilio Lledó que fue el filósofo Epicuro el que hizo una verdadera revolución en la forma y sentido de sus enseñanzas e, incluso, en la variedad de sus oyentes. Mujeres, esclavos, niños, ancianos acudían al Jardín a escuchar al maestro y a dialogar con él. Estos encuentros se dedicaban, casi exclusivamente, a descubrir en qué consistía la felicidad desde las mismas raíces en que se levantaba cada vida individual. Esto implicó un planteamiento muy distinto de aquel «hombre político» que tanto había preocupado a Platón y Aristóteles. Estamos siendo absolutamente infieles a esa Grecia, que se dice cuna de la civilización occidental. Maldad fundamentada —qué ironía— en la incultura, por encima de los valores que permitían la convivencia.

Lo que está pasando en nuestro mundo actual es un disparate hiperbólico. Un episodio de enajenación más en la historia de la Humanidad. Una desviación diametral del espíritu de las revoluciones, las que movían los estamentos sociales a mejores posiciones y las constituciones o normas fundamentales y tratados internacionales que predicaban y siguen predicando el derecho a la felicidad y fraternidad de los hombres, cuestiones inviables en ausencia de paz. La guerra mata sin piedad no sólo a las personas, sino el auténtico gozo o placer de vivir, que, a su vez, solo es disfrutable solidariamente o, dicho de otro modo, la paz tiene que ser necesaria e imperativamente global. Si Erich Fromm decía que para evitar los totalitarismos había previamente que erradicarlos de los individuos singulares, de la misma forma la paz y la felicidad han de serles inoculadas en su devenir y con ellas crecerá igualmente la capacidad de diálogo que, en un fenómeno de retroalimentación, las construye o construirá.

Tristemente, las cosas no van por ahí. Habría que ser un necio para negarlo. El espectáculo es muchas veces dantesco, despiadado, tanto que no parece real en las múltiples pantallas en que se nos proyecta, las cifras son igualmente desorbitadas: debe haber un fusible en el cerebro del espectador que, salvo que sea el tipo del agresor deseoso de más sangre o el agredido en el que prende el deseo de venganza, tiene que existir ese interruptor que convierte la tragedia, como se ha dicho, en una suerte de videojuego: esto no va conmigo. Este es el espectador impasible que, también saturado de información, desconecta. Hasta que le toca a él y se convierte en un actor más de estos sucesos.

Por lo demás, ya se haría reiterativo hasta citar tan solo los múltiples escenarios en los que esta infamia se desarrolla, casi un insulto a la inteligencia del posible lector-espectador al que esos datos le salen hasta por las orejas.

Vale más exhortar, en la medida de lo posible, volver a Epicuro.

Aniceto Valverde Conesa

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