OH, JERUSALEN
Ya en 2002 el historiador francés Renan afirmaba que ni la raza ni la lengua definían a una nación; las personas percibían en el corazón que compartían ciertos pensamientos y sentimientos, recuerdos y esperanzas. Ahora, desde entonces si no antes, las naciones se hallan en proceso de extinción; las naciones tal y como las habíamos venido concibiendo desde el siglo XIX.
La verdad no es inamovible, no es eterna, sino cambiante, la manzana de Newton no siempre cae o no lo hace del mismo modo o punto; siendo así, “que el hombre del espíritu ha de hacerse cargo de ella de forma tanto más profunda y concienzuda y observar los más mínimos movimientos del espíritu universal, los cambios que se producen en el rostro de la verdad (o lo que pretendemos que lo sea)”, como dijo Thomas Mann. La mecánica cuántica y la teoría de la relatividad han venido a subvertir el orden incluso moral en la esfera limitada de la libertad del hombre de la contemporaneidad.
En nuestro mundo moderno -o posmoderno-, las fronteras aunque pueda parecerlo no transcurren tanto entre naciones, etnias, confesiones, sino más bien entre concepciones del mundo, actitudes ante el mundo, entre razón y fanatismo, paciencia e histeria, creatividad y afán destructivo de poder. En nuestra época carente de fe se libran guerras bíblicas, guerras entre el ‘Bien’ y el ‘Mal’. Y es preciso entrecomillar estas palabras, por la sencilla razón de que no sabemos qué es lo bueno y lo malo.
Los fanatismos nacen en la desesperación y en la incultura. Los dogmatismos analfabetos ya nos llevaron a guerras en nombre de dioses cuyos más fidedignos profetas jamás hablaron de violencia, sino de entendimiento y amor. Sus intérpretes construyeron teorías y justificaron el derramamiento de la sangre de los que pensaban distinto… Y ahí seguimos estando, en el odio prefabricado en beneficio de algunos y en detrimento de una mayoría inerme tanto en uno como en otro bando ‘perdedores de oficio’.
Siempre he considerado el odio una energía. Esta energía es ciega, pero su fuente, paradójicamente, es la misma vitalidad de la que se nutren las fuerzas creativas. La misma alma que es capaz de amar hasta el infinito lo es de odiar hasta el mismo grado o más. El odio -no sé por qué- se extiende con más facilidad y se multiplica exponencialmente. Cuesta mucho dar amor y recibirlo, y su huella no es tan indeleble. Una vela al viento.
Por el momento mandan el miedo y el odio. “Las palabras referidas a la paz y a la convivencia suenan hoy como la última señal de vida de un barco que se ha ido a pique”, escribe, para concluir, David Grossmann. A ver cómo salimos de esta.
Aniceto Valverde Conesa




Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!