LA CONCEPCIÓN DE LA VERDAD EN EL PERIODISMO ACTUAL
Por si no había tenido suficiente como para darle vueltas a este concepto, que en definitiva es una degeneración o efecto secundario de la digitalización, con la Ponencia que impartió el maestro @juantomasfrutos (podéis ver el modesto reportaje que hice en mi Muro del Facebook @Aniceto Valverde) vengo a tropezar con el magnífico artículo de Amanda Mauri publicado en El País, bajo el título “La esperanza de Teresa”, del que me atrevo a extraer unas notas que recomiendo vivamente incluso por salud mental.
Teresa llama la autora a quienes leían o leíamos el periódico como antes; digamos que fundamentalmente para aprender, incluso conocer lugares remotos.
Pero, el culto a la inmediatez y a la productividad, agravado por los ritmos vertiginosos de las redes sociales y el delirio del clic, ha transformado el periodismo hasta volverlo irreconocible. Mejor dicho: lo que ha cambiado, de forma más profunda y dramática, es la forma en que la sociedad entiende el periodismo y cómo los ciudadanos se acercan (o no) a él. Mientras que las redacciones libran batallas múltiples para ofrecer a sus lectores un espacio crítico y de calidad, la falta de recursos y el demérito de la verdad (por parte de un mercado que no parece ver en ella mucho más que un soporte para mensajes publicitarios) van ganando terreno y quemándolo a su paso.
El giro digital no solo ha acelerado los tiempos de redacción, sino también de lectura. Impera el consumo de contenidos superficiales, la acumulación de titulares y notificaciones de última hora sin una narración meditada que los contextualice o trascienda. Acercarse a la prensa en internet a menudo significa entrar en una rueda de hámster enfermiza: satisface una pulsión a corto plazo, aplaca momentáneamente la adicción a la información, pero no logra profundizar en la función principal del periodismo: fomentar el espíritu crítico, y democratizarlo. La necesidad de saber, de estar al día desplaza la voluntad de preguntarse, de reflexionar, incluso de empatizar con los otros sobre los que se lee.
Maximizar la velocidad de la información a costa de la reflexión reduce la verdad a una cuestión binaria: o sí o no, o falso o cierto, o malo o bueno. Su único fin es resolver un problema, zanjar una cuestión. Se pierde el valor más profundo de la verdad: su búsqueda. Es cuestionándonos cuando activamos nuestras ideas y percepciones, y alcanzamos un mayor entendimiento de cuanto nos rodea.
Empero termina este colosal artículo su autora con unas palabras de esperanza: Quizá sea producto del pensamiento mágico, pero por primera vez veo a mi alrededor una cierta reversión. La rueda de hámster –—clic, inmediatez, saturación— pierde adeptos entre mis coetáneos, aquellos que nos hemos criado con internet y que hemos aprendido a leer periódicos bajo el paradigma digital. Cada vez son más quienes dejan morir sus redes sociales, rehúyen la mensajería instantánea y fantasean con móviles ladrillo. A su vez, son más quienes recuperan el placer infantil de la lectura por la lectura, quienes se sorprenden con el tacto del periódico en papel, o quienes imaginan educar a sus hijos sin pantallas. Sin duda, de ser cierta, se trata de una tendencia muy incipiente y minoritaria. Pero me aferro a ella. Miro a Teresa leer y veo un espejo. Los periódicos que educaron a nuestras abuelas son un reflejo de esperanza.
Amanda Mauri es escritora e investigadora. Su último libro es “Museo de las ausentes. Usos políticos del duelo” (Paidós).




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