BITÁCORA
Yo fui quien te traje aquí para que aprendieras el nombre y los secretos de los vientos. Para que supieras que Eolo los hace oscilar en el gradiente de la brújula y ni la componente ni la fuerza es exacta ni, por supuesto, la misma, sino que puede ser racheada, por ejemplo.
Me acompañaste en mi retorno aquí, “a quien los de carthago dieron nombre.”, en donde al viento del suroeste se sigue llamando lebeche siguiendo la tradición latina pues etimológicamente significa “viento de Libia”.
Ahora eres tú quien guía mis pasos por la mar hinchando el velamen de mi torpe goleta, que es mi vida, ¿cómo tú, mujer lejana, te has convertido en viento para que registre tus besos en mi cuaderno de bitácora?
Y yo no era marinero, sólo quise enamorarte con el susurro de ese levante otoñal que cantara Serrat en el Mare Nostrum. Y ahora, mujer, mi vida de grumete depende de ti, de dónde y cómo soples, pues ello marcará el ritmo de mi corazón: de la melancólica balada del maestral a la furia con que a veces se desata el levante.
Me tiemblan las rodillas cuando la intuición me insinúa que vas a cambiar aun para bien ya que el viento rolará a amor y puesto que cada vez que lo hacemos es como la primera vez.
Ay, mujer, te hiciste con el poder de los vientos. Yo te traje aquí para enseñártelos. Eolo hinchó tu pecho con todos ellos y decidió que los gobernaras. Y a mí me queda el único remedio de navegar con dulzura para mantener tu ternura y no desatar tu ira letal.
Aniceto Valverde




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