LA MUCHACHA CUYO ROSTRO NO OLVIDÉ

Verán, soy un tipo muy despistado, siempre voy corriendo a todos lados y aunque sea el caso de que -por alguna extraña y extraordinaria razón- me mueva más despaciosamente por la vida, no logro, pero oiga, que no consigo quedarme con la cara de la gente. Incluso si le visito en su domicilio o tomo un café con Ud., su imagen se desvanecerá en mi memoria pasados unos minutos de la entrevista. Y no sé si habré estado con Juan o con Lola.

Quise ser detective, público o privado -que lo mismo me daba-, pero con este hándicap apañado iba. En su lugar, me hice ‘olvidador’ de testigos. El oficio consistía simplemente en que tenía que personarme en juicio y asegurar que quien estuviera en estrados no era el testigo o incluso el autor material del crimen… Hasta que un avispado fiscal o abogado pidió que me pusieran un espejo (un espejo de vestir) frente a mí y al testigo o sospechoso y no supe ni quién o quiénes eran porque me había olvidado a los dos minutos hasta de quien era yo mismo en el reflejo, cuanto más no ocurriría con los demás incógnitos personajes en el mismo cuando en el mundo material, en el mayor número de casos, los había visto una sola vez en la vida. Yo me volvía tan insustancial como corría mi fama. Encima, la vengativa imagen al otro lado de la luna se reía de mí a chorros: a la postre yo ocupaba siempre la posición de acusado y siempre era condenado por usurpación de identidad, si no también por el delito por el que se instruyera la causa, desde el robo de gallinas, alteración del orden público, incluso atentado a la autoridad. Y no servía para nada que mi yo genuino, el que estaba fuera del espejo clamase: “Que ése no soy yo; que ése no soy yo…” Nada, un tipo que no mira a los ojos, ni recuerda el rostro de la persona con la que se acaba de ver es siempre un sospechoso más fácil de incriminar, puesto que también -incluso en segundos antes de que le llegue la muerte- habrá olvidado a su verdugo si el castigo comportarse la pérdida de la vida, y ese manto cubrirá un rencor que no llegará ni siquiera a nacer.

“Vaya chollo de culpable”, se decía Su Señoría (pienso yo), “a este paso nadie podrá disputarme la plaza del Supremo, no hay quien resuelva tanto pleito ni a quien le revoquen o anulen menos sentencias… Menos mal que no hemos tenido que aplicar la pena capital. Uff. qué haríamos sin este enajenado pantominas…”

Antes de querer se detective de verdad fui escritor, de poca monta, pero escritor y sabido es que, bajo el amparo de Dios y un modelado tosco de su Creación, damos vida a personajes en nuestros escritos que no son sino ese pálido reflejo que, como dijo el poeta Mawasqui, representan al eco de su sonrisa, la de Dios, que se parte viendo desde su morada no sólo al escritor solitario que intenta conseguir la dosis justa entre realidad y ficción para componer su producto (como me afanaba yo), sino también el tinglado de vanidades que provoca el ego desmesurado de muchos escritores cuando la calidad literaria es sustancia difícil de cuantificar. Pero, créanme, no hay guerra peor que la que se puede entablar entre estos escritores con el arma de su lengua…

Volviendo a mí, mi pretendido oficio de escritor (y considero que el de los del oficio igual) éste es en realidad el deseo (y el destino, si lo consigue): la impostura, la falsedad, la mentira. En suma, el reverso de la moneda que, paradójicamente, corresponde a la genuina realidad, que es nuestra imagen en el espejo.

 

Por eso y para sacar algo para comer, me dice eso de ‘olvidador’ de testigos. Pero lo que estaba consiguiendo de veras era mucha mala fama y/o muchos enemigos de entre todos los perjudicados cuyos correspondientes en verdad culpables estaban siendo absueltos por mis olvidadizos testimonios. Yo ni siquiera tenía que estar en las escenas de los crímenes. Sólo tenía que decir que sí lo había hecho; después, el médico forense certificaba que yo padecía una amnesia selectiva delirante que mezclaba verdad, falsedad y olvido, tal cual hablábamos antes de los escritores. Oiga, también algunos de ellos tienen enemigos.

Urdieron una trampa entre algunos abogados que estaban hartos ya. Buscaron a la chica más inolvidable que pudieron encontrar. Y la fueron a hallar en una prestigiosa sicóloga especialista en estas variantes sicopatológicas congénitas que se llamaba Sofía. Y es que mi padre andaba siempre con la mirada gacha, es decir, mirando al suelo puesto que, a pesar de sus muchos méritos, era una persona extraordinariamente humilde. Eran los amigos con los que coincidía en sus caminatas por la ciudad, los que le saludaban provocando que él alzara la cabeza para saludar fugazmente.

El plan consistió en colocarnos a Sofía y a mí, como era lo habitual, frente al espejo. Ella tendría también la mirada hacia el suelo, de manera que no se le veía el rostro ni, por consiguiente, la mirada. Esto me admiró sobremanera acostumbrado a personas prepotentes, de las que te miran por encima del hombro. De esta forma yo fui subiendo mi mirada también hasta que ambas al mismo tiempo quedaron reflejadas en el espejo. Para sorpresa de todos yo tengo una mirada interesante, muy penetrante. “Qué ojos tan bonitos tenías y tienes, Sofía.” Porque ella era la sicóloga de ese nombre a cuya consulta yo había ido en algunas ocasiones, pero nunca con el efecto tan poderoso que me produjo en aquel trance. Con ello recobré la dignidad y libertad de ser humano y mi capacidad de distinguir y no olvidar a los demás.

Juntos de la mano salimos, sin que nadie pusiera impedimento, de aquellas dependencias hacia la libertad de la calle. Nunca olvidé ni olvidaré tu rostro, Sofía.

 

Aniceto Valverde

 

 

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