Con el inicio del otoño llegó la temida jubilación. No es que le gustase el trabajo, todo lo contrario, cada vez era más tedioso. Pero ir todos los días a la oficina suponía tener algo que hacer. Poco después murió su mujer. Recordaba en ese momento los versos de Benedetti que tantos años atrás le susurrase: “Mi táctica es mirarte/ aprender como sos/ quererte como sos…”
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La mujer del hombre de la oficina, el que primero se había fijado en la amante verde y el viejo, hacía ya varios meses que no salía de casa: estaba enferma. Pero no era ése el motivo por el que él hacía la compra; de siempre le había gustado hacerla él. Después de salir de la oficina, la tarde del mismo primer día en que la viera, como todos los días, fue a la frutería de su barrio, la frutería de Benito, aunque ya no hubiera Benito alguno en ella.
