El abuelo poeta confesaba a su nieto que en los primeros certámenes en que había participado casi no había podido articular palabra hasta que en el tercero o cuarto cuando le llegó su turno él se acordó de Demóstenes y su verso fluyó como el agua de un manantial. El nieto escuchaba con atención pues tenía aficiones a la oratoria -como toda la familia-, pero era tremendamente tímido.

 

Demóstenes (en griego, Δημοσθένης: Dēmosthénēs) fue uno de los oradores más relevantes de la historia y un importante político ateniense. Nació en Atenas, en el año 384 a. C. y falleció en Calauria, en el año 322 a. C. Cuando era niño, Demóstenes tenía un defecto de elocución en el habla del que no pocos hacían burla. Esto es completamente cierto, lo que ya pertenece a la leyenda es que ese defecto fuera la tartamudez en su sentido más propio. Algunos afirman que se bajaba al río y se echaba pequeños guijarros a la boca y así entrenaba sus fabulosos discursos. Y ello como parte de un estricto programa de superación personal. ¿Recuerdas la película «El discurso del rey» sobre Jorge VI de Inglaterra? Pues eso.

Como a nosotros, digamos, que a Demóstenes le extendieron el certificado de defunción en muchas ocasiones. Pero él conseguía siempre resurgir y superarse frente a sus limitaciones.

¿Por qué crees, hijo, que te pusieron ese raro nombre griego? Porque tú eres Demóstenes el que se crece en la dificultad del logos. Dijo Hemingway (epitafio al «El viejo y el mar») que “un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”. Hay que vivir el día a día, pero sin renunciar a la superación personal y la Musa de la Elocuencia (Calíope) te inspirará sin duda.

Aniceto Valverde Conesa

Foto: Blog «Invasor»

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