VANITAS 15 MG

Relato ejemplar
por
Aniceto Valverde Conesa

(Publicado en la Revista Almiar, julio de 2026. Dirigida por Pedro Martínez Corada

Los hechos, personajes y especialmente la ilustración son ficticios, imagen creada por IA y ya os cotaré lo acaecido con esta)

                                                                                                                                          Canto a mí mismo
                                                                                                                                          Walt Whitman

 

Había sido un tipo con suerte en el sentido de que disponía de muchos recursos y habilidades, incluso diría méritos o que aquellos y aquellas le eran reconocidos como tales de forma unánime en los círculos sociales por los que discurría o había transitado su vida. Se podría decir que era una persona ejemplar, digna de imitar.

Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, en su Facultad de Ciencias de la Información. No solo cursó la carrera con brillantes resultados, sino que, además, destacó en un entorno tan competitivo y se mantuvo durante todo el tiempo como representante de sus compañeros. No en vano la especialidad que cursaba era la de Comunicación Política.

Terminados los estudios fue llamado por una prestigiosa cadena de radio donde realizó sus prácticas, pero casi de inmediato promocionó de becario a colaborador de un espacio de amplia audiencia y, casi sin solución de continuidad, dio el salto a la TV igualmente como informador y ponente destacando por la agudeza y coherente fundamentación de que hacía gala. Todo ello, como es lógico y natural, repercutía en el incesante aumento tanto de sus contactos como suministradores de información e igualmente de seguidores, directos del propio medio y/o a través de las redes sociales. O sea, Eloy Campuzano era visible, no, era brillante como el sol. Y de esta suerte llegó a compatibilizar colaboraciones para la prensa escrita; participación en espacios audiovisuales, o sea radio y TV, y en esta última dirigió su propio programa de entrevistas e incluso, aunque durante un periodo breve, presentó el telediario vespertino. Era un genuino artista de la comunicación, demandado por líderes políticos, todo tipo de personajes del mundo de la creación artística, famosos deportistas, etc.

Todo empezó con un leve resfriado que le afectó igualmente a los oídos de manera que, de pie como estaba informando a los miles de televidentes (que no se apercibieron de nada) de algún conflicto de actualidad, sufrió un pequeño mareo sin más consecuencias ya que vino a suceder cuando le tocaba el relevo en la exposición a su compañera del «tiempo». Pero a él se le quedó el miedo en el cuerpo aun cuando se curó el resfriado y le hicieron un lavado de oídos. Y quiso que le dejaran estar todo el tiempo de duración del informativo sentado. Y así se hizo porque se trataba de él, pero el declive había comenzado. Sazonado con otra ligera afonía, mejor dicho con una bajada del tono de su voz, empezó a sentir como que se diluía, que era menos percibido por los demás. Incluso  en la «Tertulia», otro de sus programas, se le daban menos oportunidades de intervenir —estaba seguro de ello— o, también, sus opiniones eran menos valoradas. ¿Qué le estaba pasando?

Pensó que una salida que aliviase su ya maltrecha situación sería la de volver a la radio, plausible porque no estaría a la vista del público y tal vez ello le sosegase y pudiera recuperar el empaque, la salud en verdad, de antaño. Y así consiguió el traslado de —digamos— retroceso. Pero su voz, igual que todo él, se estaba volviendo de vidrio y muchas veces resultaba inaudible como igualmente su persona pasaba cada vez más imperceptible a los demás que, incluso, apenas contestaban a sus buenos días y no adrede, sino por pura ausencia. Le estaba ocurriendo lo contrario que al Licenciado Vidriera que, cuando se tuvo por hecho de cristal, mejor y más apreciados eran sus razonamientos, paradójicamente era más visible. Él, por el contrario, se estaba diluyendo en la invisibilidad, y cada vez más. Además, se le escapaba a raudales el gusto por la vida.

Estaba verdaderamente alarmado. Decidió ir a la consulta de un afamado médico de estrellas de las artes cinematográficas, audiovisuales y de la comunicación. No importaba lo que le costase, tenía que haber un remedio para ese proceso de dilución que amenazaba con llevarle a la ruina no solo profesional, sino también personal.

El doctor Darío Bicoca le recibió muy atentamente en la lujosa antesala, mejor calificada así que sala de espera porque no había nadie en ella por puras razones de discreción: no debían coincidir unos pacientes con otros puesto que se trataba de personas de cierta notoriedad y por la naturaleza de las patologías por cuyo motivo acudían a la consulta.

Supo enseguida Bicoca cuál era el problema de nuestro personaje.

—Mire, don Eloy, nuestros laboratorios han desarrollado un medicamento mixto llamado Vanitas, de vanidad sintética y leve efecto antidepresivo. Se presenta en comprimidos de 15 a 45 miligramos. Normalmente, incluyendo su caso, bastará con una dosis diaria de 15 a tomar con el desayuno. Le haremos revisiones cada tres meses a ver cómo va.

—Pero doctor eso es mucho tiempo. Y si tomo más dosis ¿qué pasaría?

—Ud. verá lo que hace. Lo más probable que ocurra es que su actividad se incremente y luzca más, pero será más o incluso mucho más mediocre. Es el efecto secundario principal de la sobredosis de este medicamento. Para evitarlo, la medicación se complementa con el leve antidepresivo filosófico sobre la brevedad y las cosas verdaderamente importantes de la vida. Queremos curarle pero no convertirlo en un imbécil.

Y agregó: «Por eso recomendamos fervientemente a nuestros pacientes que sigan también tratamiento con alguno de nuestros psicólogos. Son estupendos. Nosotros ofrecemos un tratamiento global».

Cuando el doctor se quedó solo, porque Eloy Campuzano se hubo marchado convencido e ilusionado de que no se vería decepcionado y volvería a ser la estrella mediática de siempre, exclamó:

—Oh, vanitas vanitatum et onmia vanitas.

Se iban a forrar con este invento a costa de las exigencias de la vida moderna, aplicando al término «vanitas» el significado literal latino de orgullo o presunción, cuando lo importante es el sentido original bíblico que se desprende del libro de Eclesiastés (1:2, según la tradición cristiana), cuán fugaz es la vida y cómo se debe aprovechar pues es breve y termina con la muerte… Y puesto que la farmacopea se nutre de la filosofía estaban actuando conforme a la lex artis médica administrando a sus pacientes el Vanitas (vanidad sintetizada) en dosis a cada cual según su situación clínica y conjugándolo con la terapia psicológica, so pena de hacerlos estallar de orgullo y llegar a reventar, lo que además haría un daño tremendo al prestigio del equipo profesional que él lideraba en los laboratorios Creativos.

Bicoca guardó bajo llave un escrito que ponía C₁₄H₁₉NO₂·HCl, cogió el teléfono y llamó a su amante, que había sido una de sus primeras pacientes, para quedar con ella en el hotel de siempre, uno lujoso muy cercano a la clínica. Estaba de muy buen humor, entre otras razones por tener a ese nuevo paciente, Eloy Campuzano, a quien tanto admiraba.

 

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