CANCIÓN DE OTOÑO

Había soñado para ti un otoño distinto, un tiempo de frutas otoñales, de olor a mandarinas frescas y a magnolias y a boniatos asados o castañas de algún puesto de la calle. Iba a tener la música de un poema de Mario Benedetti. Era temprano, las calles estaban todavía desiertas pero un tranvía con lentitud aún las recorría. No estábamos en Montevideo, sino en Cartagena. Hace allgunos años ya de esto; pero las alamedas de eucaliptos y delgados álamos eran las mismas entre las que el viento  susurraba canciones otoñales. Esta mañana, camino del trabajo, cuando nos despedimos y te fuiste, la brisa me seguía hablando de ti y de nuestro amor cariñoso de esta época, cultivado con el paso de los años.

Una fina e incluso anhelada lluvia de otoño golpea los cristales con el mismo ritmo cadencioso con el que suenan las teclas del ordenador al escribir con «diez dedos sobre cuarenta teclas». Tengo nostalgia de ti y me traigo tu recuerdo a la mente: me parece que así la espera es corta, tal vez más liviana, y creo que de ese modo conjuro el olvido, tu posible olvido de mí.

Había imaginado para ti un otoño distinto, es cierto. Sin embargo, ahí están aún algunos solares sin construir y los edificios que se van arruinando al mismo ritmo monótono que tiene esa lluvia, y las calles que nunca volverán a ser las mismas que un día recorrimos juntos cuando volvimos a Cartagena. Digo esto con la voz y la fuerza que tú me das y el derecho de haber tenido alguien a quien se quiere tanto como a una abuela que vivió tanto tiempo en una de esas calles como para aprenderse de memorio cada uno de sus rincones, entre puntada y puntada, sentada en su mirador, en ese precioso pero austero balcón de los que no encontrarás ninguno parecido sino sólo en el norte del país y a poco que te descuides aquí tampoco, como ya pronto nunca más podrás volver a asomarte a esa ventana al mar que es, que fue, ‘Rubano’.

Pero yo había soñado un otoño distinto para ti. Sólo deseaba que llegara la hora de salir de la oficina, que enmudecieran las teclas y el ordenador me diera permiso para apagar el sistema, llegar a la esquina de la calle en donde trabajo, y que allí estuvieras tú.

Aniceto Valverde Conesa

 

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