LAS AVENTURAS DE ‘EL GALGO’ Y ‘EL GATO’ (11)

LAS QUINIELAS (y 2)

Había cundido el pánico entre los miembros de la Peña Taurina «El Astado» por la misteriosa desaparición de don José -maestro de billar también- con el boleto premiado de la quiniela de la semana pasada.

‘El Galgo´ se recuperaba con milagrosa rapidez de la brecha que se había hecho en la cabeza al dar con ella en el pavimiento de la plaza de los Héroes de Cavite. Y ya andaba dando tumbos por la ciudad y especialmente por los alrededores de ese monumento.

En mi también dura cabeza, tampoco cabía un pensamiento más que no fuera sobre la ‘enfermerita’ Begoña. Como les pasaba a los de la Peña sobre don José, no sabía nada de ella.

Los de la Tertulia -según me dijo Félix que le había contado su padre también miembro de la Peña- removieron cielo y tierra durante un par de días en su busca temiéndose lo peor, o sea que se hubiera dado a la fuga. Alguien cayó en la cuenta de que había sido marino de la Armada. El susodicho tenía amistad con un mando de la Policía Naval que, a su vez, tenía confianza con el jefe del Registro de Personal. De este modo se enteraron de la dirección del aparentemente bueno don José y de sus apellidos, que eran Bermejo Buendía.

Cuando llegaron a aquel piso antiguo y desvencijado les abrió la puerta una anciana (de unos noventa años) que llevaba una bata de casa raída, y preguntaron por él a lo que la les contestó: “Yo no sé dónde para el zángano ése”, y agregó: —Se fue esta mañana más temprano de lo que suele. Volvió enseguida para darme la paga. Lo curioso es que me dio un beso y se echó qué sé yo como un litro de colonia «Varón Dandy». Me dijo también que a mí no me faltaría de nada. No sé qué querría decir. Por aquí no ha vuelto.

Blanco y en botella—dijo uno de los comisionados.

El banco más cercano era una oficina de la Caja Postal de Ahorros -que no era donde se ingresaban los modestos premios que obtenía la Peña de jugar a las quinielas.

—Sí esta mañana vino don José (antes Pepe a secas) a hacer un ingreso, cosa rara ya les digo. Pero no les puedo añadir ningún dato más: es secreto bancario

Consiguieron a través del abogado Peláez, una orden judicial ya para ratificar los hechos y poner la denuncia. Pero sólo tenían una copia sin sello del boleto de marras. A aquellas alturas don José estaba tomándose un daiquiri en Copacabana con una rubia despampanante, que, a la postre acabó desplumándolo y tuvo que volverse con la moral hundida. Se cree que murió de un infarto poco tiempo después en la más absoluta pobreza y soledad.

 

Por mi parte, era ya miércoles y deambulaba por la ciudad, por los lugares que eran los escenarios habituales de las correrías de el Galgo y mías hasta que fui a parar, una vez más a la plaza de los Héroes de Cavite. Y he aquí que en un banco estaban sentados mi propio amigo y aquella otra chica un poco mayor que acudió junto a Begoña a ver cuáles habían sido las consecuencias del accidente de el Galgo al intentar una vez más su salto mortal y fuimos los tres y él, naturalmente, a la «Casa de Socorro» a que le cosieran a grapazos la enorme brecha que se había hecho en la cabeza.

Y nada que allí estaban los dos. Ella rubia de ojos azules y con el mismo tipo de espingarda que mi amigo. La verdad es que hacían buena pareja y, al parecer, ya era su segundo encuentro, por más que el Galgo siempre se las hubiera dado de tipo duro. Yo nada más que atiné a decir la frase hecha:

—El delincuente siempre vuelve al lugar del crimen.

Se echaron a reír, y debía dolerle lo suyo a mi amigo que apostilló:

—Pero, te incluirás tú también ¿no? So pedazo de golfo.

Y yo no supe qué decir, pero la rubia que se llamaba Luisa fue la que nos delató: “La Begoña tiene las mañanas ocupadas cuidando de su padre que no hace ni seis meses que se le murió la mujer, su madre, y se vinieron de Murcia porque lo pasaron muy mal. De momento, además, casi que sólo se relaciona conmigo” Y agregó:

—Si quieres verla lo mejor es que vengas luego al patio del Instituto nocturno a la hora del recreo. Somos compañeras de clase. Ah, y también los domingos a mediodía cuando vuelve de hacer su voluntariado en el Hospital de Caridad. Ya hemos quedado ella y yo y quien ha querido apuntarse a tomar una cerveza.

—Vale, iré luego al Instituto, pero sólo para saludarla y darle otra vez las gracias por la ayuda en el golpetazo que se dio el capulllo éste aquí mismo.

(Continuará)

Aniceto Valverde Conesa

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