
Ciudad
ya tan lejana!
Lejana junto al mar: tardes de puerto
Y desamparo errante de los muelles.
Se obstinarán crecientes las mareas
Por las horas de allá […]
Más, cada vez más honda
Conmigo vas, ciudad,
Como un amor hundido,
Irreparable.
A veces ola y otra vez silencio
Jaime Gil de Biedma
BRUMA MÁGICA
Recorreré de nuevo tus calles, ciudad, por el paisaje abstracto del invierno, a través de la densa niebla que todo lo distorsiona, por el frío opaco y húmedo que te trae el mar. Volveré, ciudad, a pisar tus calles mojadas por el relente y a imaginar entre las brumas, cerca de uno de los faros que dan entrada al puerto, una historia que ha llegado a mi memoria como un viejo sueño, como algo que no se sabe a ciencia cierta si perteneció a lo vivido o a lo tan sólo imaginado. Los haces cónicos de la luz de los faros de un automóvil volverán a rasgar esa noche cerca del mar. Dos personas volverán a encontrarse en la oscuridad brumosa. Uno, el que espera fuera, con su silueta recortada en la noche y flameando por el viento como una vela que ha perdido la escota, tendrá las solapas del chaquetón levantadas de manera que sólo verás asomar un cigarrillo y lentas bocanadas de humo que el lebeche desvanecerá como una parte más del halo que empaña la luna.
Pasado el muelle de El Espalmador donde varan las enormes moles de los barcos en reparación; donde están los materiales de desguace, un paisaje onírico de barcos naufragados y recuerdos imposibles porque jamás existieron. Él quisiera encontrar entre ellos alguna parte de sí mismo que hubiera perdido en la niebla cuando sabe que es a ella a quien perdió un día. En esos momentos estaba allí, en la oscuridad sólo quebrada por la luz del faro rojo, ése que llaman de Navidad. Detendrá el coche, y, sin salir de él, lo buscará con la mirada como si no supiera que está ahí, mirando el mar sobre el basamento del faro.
Le dijo: “He vuelto.” Y ella contestó: “Han pasado muchos años desde aquello.” “No he podido olvidarlo”, respondió. Ella se encogió de hombros como con indiferencia, pero recordando que una vez recorrieron juntos las mismas calles húmedas y que a él el eco de su risa se le quedó grabado para siempre en la memoria. Había vuelto sólo para oírla de nuevo reverberando incesantemente por las paredes de los edificios de aquella ciudad y esa mujer que había imaginado durante sus años de ausencia.

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